miserias humanas

la muerte de los Estados

 

Asistimos impotentes a un momento crucial, uno de esos momentos en los que la historia realiza un triple salto mortal sobre sí misma del que sale apuntando a una nueva dirección antes desconocida, como ocurriera con la Revolución Industrial, que modificaría la idea de progreso y el progreso mismo, o con el descubrimiento del Nuevo Mundo, que cambiaría la visión que el mundo tenía de sí mismo. Un momento de mutación, tras el cual nada volverá a ser lo mismo.

Y, en este caso, ¿qué es lo que está sucediendo? ¿De qué va esta nueva mutación? Va de la muerte de los Estados, tal y como los hemos conocido a raíz de las revoluciones románticas del XIX, como episodio culminante del proceso iniciado con el abandono del Antiguo Régimen, tan “oscuro” y descentralizado. Los estados centrales y soberanos se mueren. Desactivados por organizaciones supranacionales cuyos intereses son tan diferentes a los de las naciones y los pueblos, que solo dejan a los jefes de Estado un único y triste discurso como coartada ante todo lo que arrebatan a sus ciudadanos: “no hay más remedio”, “no hay otra alternativa”, mientras ceden parcelas de sus presupuestos y de su soberanía a anónimos acreedores, en cuyo nombre cambian las leyes fundamentales de sus respectivas naciones. Así, en su día Alemania. Así, hoy España.

Y, mientras, los ciudadanos, sin la protección de la fortaleza que un día concedimos a los Estados mediante un contrato donde cedíamos la iniciativa y el uso legítimo de la fuerza en nombre de un bien común, quedamos desarmados a merced de poderosas corporaciones para las que no significamos nada, cuya idea más cercana a la democracia es la noción de voto–moneda, que nos permite participar del estado de cosas (voto) en tanto en cuanto podamos gastar (moneda). Entidades impersonales para las que somos personas en tanto consumidores, diseñadas para ingresar de nosotros cuanto puedan, mientras que nos penalizan por tener necesidades que incurran en gastos para ellas, como ocurre con la debilidad en cualquiera de sus formas (como la enfermedad o la necesidad de asistencia). Monstruos alimentados por ideólogos políticos que viven una peligrosa ficción: la de ejercer un supuesto poder alcanzado en las urnas para realizar reformas que, irónicamente, cada vez les dejan menos reductos de poder.

Los Estados están muriendo. Se están destruyendo a sí mismos.

 

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