viajes

el castillo de bran

Pequeño, coqueto, sitiado por cientos de vendedores de souvenirs horrendos (como bolas de purpurina con Vlad el Empalador) y recogido sobre sí mismo en medio de un parquecito muy bien cuidado. La sensación que produce no es de oscuridad, sino de blancura ajada, por el encalado algo sucio de sus paredes.

El interior mezcla maderas oscuras y algún tapiz, hay muy pocos muebles y muchas habitaciones… De hecho, parece mentira que pueda haber tantas estancias en tan poco espacio, y da la impresión de que estás de visita en el interior de una espiral. Por supuesto, nada que ver con vampiros salvo unos simpáticos paneles explicativos con fotos de la película de Coppola en la última planta.

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