nihil

bote de marcianos

“Huele a ese color amarillo que, si te lo comes, te duele la tripa todo el día”, iba pensando esta mañana en el tren. Fuera transcurrían edificios sin acabar y días en ciernes con hierba sucia húmeda de rocío pegada en las suelas. Chamartín, Fuencarral, la Autónoma, la Pontificia. Campiña inglesa de segunda a la izquierda, poblada por un genus loci negligente que apenas ha desperdigado un par de olmos enfermos entre los regatos y las colinas poco pronunciadas.

Ahora tengo delante un bote de marcianos en conserva, resto de una campaña de hace varios años, que flotan verdemente resignados en su líquido amniótico

mirando a las estrellas con sus ojos pintados

distribuyendo los objetos de sus manos entre las distintas dimensiones que conocieron antes de llegar aquí

soportando los ojos azules de mi derecha

retando a lo cotidiano con valor de replicante.

 

Así es como se fabrican las mañanas, silbando canciones tristes en la terraza de una oficina.

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