miserias humanas

miserias humanas III

Dentro del catálogo de las miserias humanas, brilla con especial intensidad la prisa. Pero no el tener prisa por llegar al hospital a parir, o el tener prisa por llegar a la plaza a nuestra primera cita con esa persona tan especial. Hablo de la prisa crónica. Un fenómeno en absoluto inofensivo.

La mayoría de los que vivimos en ciudades lo notamos cuando salimos fuera: es cierto, llevamos un ritmo diferente, nos hemos acostumbrado a funcionar a más revoluciones porque, al tener que hacer tantas cosas y que perder tanto tiempo en desplazamientos, debemos emplearnos a fondo para que quepan todas en el menor intervalo posible.

Pero hay quienes por propio mérito constituyen casos de estudio. Y no son pocos sujetos.

La prisa puede ser asumida dentro del carácter del individuo, y traducirse en frenesí cuando la situación lo requiera e impaciencia cuando se encuentre en ambientes más calmos. Esto último hace que la persona que adolece de prisa crónica pueda ser desagradable de tratar. En última instancia, insoportable, por cuanto las prisas pueden obrar en su comportamiento anulando cualquier atisbo de educación y sentido común.

Me gustaría hacer notar que la prisa crónica puede presentarse asociada a determinadas obsesiones. Destaca sobremanera la fijación por llegar a tiempo al trabajo, que empuja al sujeto a arrojarse en hora punta a la multitud y hacer la presión necesaria para entrar en ese vagón, en ese autobús. No importa el dolor. No importa el riesgo, ni para uno ni para los demás*. Cuando no nos importa el precio de nuestros actos sólo queda sitio para la violencia.

Por otra parte, está el fenómeno social de la multitud. Después de realizar experimentos con ratas se ha dejado constancia de que en presencia de un grupo muy numeroso en un espacio extremadamente reducido, el individuo se estresa y se vuelve violento. A esto, sumémosle el mantra del conejo de Alicia: voy a llegar tarde, voy a llegar tarde, voy a llegar tarde…

La prisa se cronifica, las respuestas se automatizan… La multitud nos da el caldo de cultivo y el espíritu de la masa hace el resto.

* Bien lo sé porque ayer casi me caigo a la vía por culpa de la multitud, y sólo pude, so pena de odiarme a mi misma, sacar codos y a puntar a los costados y las bocas de los estómagos (y sólo es un caso menor, insignificante, lo sé).

Alternativas:
el Movimiento Slow propone tomarse la vida
con más calma.

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