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Quien mira hacia otro lado siempre suele tener la gracia suficiente de emplear, al menos, el rabillo del ojo para captar una visión de conjunto que siempre será inalcanzable para quienes deciden mirar de frente. Así es posible prever próximos movimientos, cubrirse las retaguardias a priori de las hecatombes.

Pero, no obstante, es imposible anularse, sustraerse del curso de los acontecimientos. Uno es observador por naturaleza. Uno es sujeto y a la vez es objeto que recibe lo que le envía el mundo circundante. Uno puede presumir de no implicarse, pero si hay conocimiento, irremediablemente, habrá responsabilidad.

¿Hasta qué punto es justo o debido intervenir en el devenir ajeno? ¿Hasta cuándo se puede permanecer inmóvil? ¿Dónde están las pautas de intervención?

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