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gótico relato del cadadía


Todo parece abrirse y, al pasar por Chamartín, hay menos luz de la que debería para la hora que es.

Es la hora del desastre vital repetido, del eterno retorno a los lugares y las cosas, un momento más en la gestación de una rutina como un abismo como un espejo.

No es de día pero esta opacidad de ánimo no cabe en la palabra penumbra. No es de noche pero sólo hay color azul.

El deseo está donde no debe ser puesto y hay hilachas del sueño de anoche prendidas de la certeza de casa vacía. Ese hogar siempre en la mente y tan sólo a veces en presencia, por lo poco que se pisa, mientras se va anegando de fantasma y bolas de pelo y polvo (bolisas). Algunas estribaciones neuronales pueden llegar a oler el viento que ulula por un pasillo yermo de pasos, donde se traza en silencio el cadencioso recuerdo de unos pies otrora amigos.

Las sombras del andén amenazan con discreción pero sin modales: querrán entrar antes de que nadie pueda salir. En fin, ya hay costumbre.

Sólo hay que temerle a la niebla que se puede encontrar más adelante, esa que te llama en duermevela y te invita a quedarte en el páramo para siempre descansar del trasiego cotidiano. De casa al trabajo y luego a casa y vuelta al trabajo. Quédate y descansa. Esa extraña niebla que te vuelve del revés…

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