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miserias humanas IV

Desde otear de manera más o menos descarada el periódico del pasajero de al lado, hasta leer de pé a pá las estadísticas de los blogs ajenos, todos, absolutamente todos tenemos una inevitable tendencia a ser cotillas.

Tratamos de querer saber de todo lo que se cuece y está a nuestro alcance, aquellas cosas que, interpretamos, se encuentran fuera de la frontera de lo privado por desarrollarse en el espacio común. Tratamos de conocerlo por el mero hecho de que nuestros sentidos alcanzan a percibirlo. Y nos decimos que no es como entrar en la cuenta de correo de otro y leer su correspondencia privada, ni husmear en el cajón de la ropa interior de tus tías solteronas. Pero, ¿y si la carta está sobre la mesa? ¿Y la faja sobre el sofá?

El hecho de que estas acciones estén a nuestro alcance las libra de toda censura, pero el hecho de que las llevemos a cabo manifiesta igualmente nuestra natural tendencia fisgona. Es algo que se aprecia sobre todo en las conversaciones, fundamentalmente en las que mantienen otros. ¿Os imagináis que las orejas pudieran crecer en la misma medida que el interés por escuchar las conversaciones de los demás?

El caso es que miramos siempre más allá de lo que nos corresponde, amparados por argumentos tales como ‘si quieren que sea privado, que se lo guarden mejor’. Diariamente nos podemos constatar a nosotros mismos nuestra falta de discreción.

Y mientras, por el camino, vamos desgranando conductas ridículas.

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