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miserias humanas I

Todos tenemos cargas de las que queremos librarnos, e incluso podemos establecer un orden de prioridades sobre cuáles serán las primeras de las que nos desprenderíamos una vez llegados a la boca del pozo del infierno.

Una de las cargas más pesadas es la opinión de los demás, y más aún la que éstos manifiestan que la que esconden, puesto que sólo tenemos acceso a lo que nos permiten nuestros sentidos que por ahora sólo abarcan los pensamientos hechos expresión. El resto que no se dice queda enterrado entre las tierras paralelas del silencio de los demás y nuestra ignorancia, la más absoluta de las tierras de nadie por cuanto no hay nada compartido.

Pero, ¿qué ocurre con el opinante, con el sujeto que realiza, con el que desarrolla un pensamiento? Olvidemos por un momento al objeto que lo recibe. Venga. Lo hacemos todos. En mayor o menor medida cada uno de nosotros se forma un juicio sobre todo lo que se rodea, por más que trate de ahogarlo en asepsia, compasión, simpatía o modales. No podemos huir de nuestros propios juicios, aunque sí podemos ocultarlos como otros ocultan lo que piensan sobre nosotros, hasta auto engañarnos y dar por inexistente una opinión que sin duda en el fondo del alma albergamos. Aunque no queramos. Y cómo pesan.

Cómo pesa pensar que esto es malo, que tal es deficiente, que cual es ridículo… y no sólo ocultarlo sino hacer creer que nuestro parecer es contrario, lo cual se consigue por dos vías: 1) la mentira más cochina (‘oh, sí, me encanta…’) que se deja notar porque uno gasta tanta energía mental en disimular que acaba por reducir la atención a su lenguaje y utiliza un reducido número de muletillas de esas de cuando no se sabe qué decir (‘mola’, ‘chana’, ‘está muy bien’…); y 2) el disimulo más rastrero por medio del silencio, que suele derivar en que nuestro objeto de opinión tienda a interpretar dicho silencio como quiere o tiene a bien, y dependiendo de los distintos niveles de autoestima individuales lo podrá llegar a hacer de modo favorable a sí mismo (tú dices ‘hmmm’ y el otro piensa ‘eureka’).

En cuanto al opinante, de cuantas razones hay para evitar manifestar una opinión, las más comunes y pesadas son el miedo y la lástima. Una tercera variante, menor, ridícula e hipócrita en la que no incidiremos más nos remitiría a lo que se denomina ser ‘políticamente correctos’. El miedo se concreta en el temor a hacernos daño o que nos lo hagan otros. La lástima consiste en no querer hacerle daño a otros, pero con un componente un tanto más peyorativo de lo que entendemos comúnmente como compasión por cuanto hay una diferencia de planos: uno está arriba, y el otro, del que se piensa tal cosa desfavorable, suele estar abajo recibiendo como mucho miradas condescendientes. Es decir, en el peor lugar posible.

Todos coincidiremos en que es preferible hablar claramente al menos antes que mentir o que permitir que el otro piense una cosa distinta. Pero, ¿quién se atreve? Y sobre todo, ¿cuándo es el momento?

Enrevesados son los caminos de la insinceridad.

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