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esa identidad que se me pierde que se me escapa

Si me dan a elegir un capricho y no se me ocurre nada…

Estoy empezando a creer en serio que el querer hacer tantas cosas a la vez es síntoma de indefinición (sí, he descubierto mi propia receta de la pólvora, es genial). Y que lo que realmente llega a causar estrés no es todo lo que no abarcas sino aquello a lo que llegas y nunca es suficiente.

Falta algo.

Supongo que en la sociedad anterior, preindustrial, todo era más sencillo, pues como decía Freud, había dos pilares constantes que situaban al individuo: la familia y el trabajo, entendido este último como pertenencia a un oficio, a una profesión, dedicación de por vida que junto con tu gente te definía como persona, configuraba tu identidad y te proporcionaba un lugar en el mundo.

Pero ahora no es así. Aparcando por el momento el aspecto familiar, y mirando exclusivamente hacia la ocupación entendida en sentido amplio, nos vamos al dicho “eres lo que haces”. Antes te daban qué hacer, y en función de ello, eras. Ahora no te prefiguran del mismo modo, por tanto puedes sencillamente querer ser algo y en función de ello, hacer. Sencillamente… ¡Ja! La inversión de la ecuación da como resultado, no obstante, una angustia considerable… La trampa de la elección.

Acabas, si eres medianamente inquieto/a en la situación de tener que elegir entre todo o nada (y las dos opciones provocan en mayor o menor medida distintos tipos de trastornos). En el caso de que lo elijas todo, tratando así de asentar una identidad y cercar una parcela de realidad propia, el resultado suele ser una situación de estrés que, bien anula cualquier identidad, bien te impide disfrutar de lo que buenamente puedas ir construyendo, ya que siempre tendrás la mirada puesta en lo que te falta. Y siempre falta algo… Lo dicho.

Y lo más desesperante de todo es que hasta que no lo descubres no te redimes. O al menos eso piensas en esta situación. Cuando, tal vez, el truco consiste en ver que, realmente, no falta nada. Que no es más feliz quien más tiene sino quien menos precisa. Y como me decía el Perilla cuando yo era adolescente: “pero, ¡si eres feliz!”.

Por primera vez en mi vida alguien, Toño, me dice qué capricho quiero que me regale por mi paciencia de estos meses, y no sé qué decirle (¿y si un día viniera el genio de la lámpara y no tienes nada que pedirle?). Porque de no saber qué me hace falta, he llegado al punto de que no me falta nada.

Por ahora, claro está… Otro día hablamos de ciclos y variaciones.

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2 thoughts on “esa identidad que se me pierde que se me escapa

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