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ha sido año de escritores muertos

Y me quedé pensando, simplemente, en silencio, sin más aspiraciones de trascendencia, en que es año de escritores muertos. Un salto cualitativo en el fluir de conciencia. Sólo es febrero, y ya se han ido Arthur Miller, Hunter S. Thompson y Cabrera Infante, tres tristes tigres menos. El Miller de Marilyn, el Miller de Una chica cualquiera… Es año de escritores muertos e, incluso, uno se ha ido por elección, y dice Bow que no entiende por qué ha tardado tanto, si ya estaba calvo en los 70. Ni Cuba maldita, ni Nueva York, ni Las Vegas; los países se escapan de entre las manos como peces y las ciudades no retienen a los hombres, al menos no más de lo que les lleva el nutrirse de ellos. A mí, al cabo, se me lleva la certeza de que nutro a esta otra que no respira [siempre he pensado que Madrid es
una
ciudad
ahogada,
una ciudad de puerto que se asfixia en mitad de la Meseta, una ciudad resguardada bajo una campana de cristal, y tan atroz como la rosa del Principito] y me visto con esta idea y me peino con la más absoluta indiferencia. Corroe mucho más una pregunta: si debiéramos acaso alegrarnos de la muerte del escritor [inserción de símil: sacrificio de un perro enfermo]. La sociedad le llora porque se queda sin el que produce historias, le llora en la medida en que ha sido productor… productor como esas vacas sobreordeñadas que acaban por dar pus con la leche. Sienten su marcha en función de la relación mantenida, basada en el esquema producción-consumo, y el provecho extraído de ella, dentro, a estas alturas, del estadio del capitalismo evolucionado al consumo de símbolos. Hay algo, un poco de muerte de la foto del escritor cuando muere el escritor. Y es extraño porque, al fin y al cabo,
al
lector
debería
darle
lo mismo, no importarle ni preocuparle
en
absoluto
la muerte de alguien a quien nunca ha conocido; pero siente pena igualmente, y es porque parte de la estampa ha perdido su sentido. Es un dolor desconcertante el causado por la pérdida del sentido de las cosas; porque es un dolor que se nutre del olvido que va extendiéndose como un cáncer, con una ligera conciencia… conciencia que además adelgaza conforme avanza el mal… El olvido causa dolor, pero
menos
y menos
y menos
y menos
a medida que se olvida el dolor y su causa [porque primero se olvida el dolor y luego la causa, ¿o era al revés?]… cuando se siente dolor y no se sabe de dónde viene porque las causas ha sido engullidas por los pequeños monstruos que vienen corriendo justo detrás de nosotros devorando nuestros desperdicios de espacio y tiempo, que se alimentan de esas camisas de serpiente, vacías, que abandonamos y que, por si fuera poco, son el sustrato de ese mismo mal. La foto pierde sentido, los ojos retratados se van vaciando, y contamos los que estamos y faltan un par de cabezas a las que dar su número, y lo que no está ya, cada vez existe menos. Oh no lloréis al autor
oh no lloréis al autor
oh oh oh
no
lloréis
al
autor
pues os quedan sus obras y, en ellas, él será inmortal… Mas no es cierto. Un muerto es un muerto igualmente. La obra ya estaba desgajada del padre en vida de éste, para sufrimiento suyo como fue sufrimiento el trance de producir, tanto que el amor se le había mezclado con el pus en esa explotación intensiva de las emociones.
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