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tardes de otoño

Una tarde azul y amarilla, de otoño, da igual. Es ese Sol que huele a crepúsculo desde el mediodía. No hay pájaros y el aire ahí fuera debe oler a castañas asadas.

Una tarde entre Todos los Santos y Navidad. De esas que nos íbamos a fumar detrás de la carretera para que nadie nos viese, y completábamos con un paseo por los caminos de tierra de la dehesa atravesada por la autovía y sus vías de servicio. Allí había una colina, y en lo más alto una encina que hacía de dosel para una roca sorprendentemente ergonómica, donde una vez hice el amor con alguien, tiempo antes de este texto y tiempo después de la imagen de la tarde que hoy evoca la ventana en mi mente. Ana era suficientemente valiente como para encender el cigarrillo durante el paseo, pero luego lo escondía cada vez que veía acercarse a alguien desde lejos, aunque no lo conociera; poco a poco le fue dando menos miedo. A los demás también. Y fuimos escondiendo menos obviamente primero, y menos veces después, nuestros cigarrillos. Nos sentábamos al sol sobre una roca y nos quejábamos de no vivir aventuras. La rubia Ana que desapareció sin morirse, que no necesitaba morirse porque ya estaba muerta. Ana al límite siempre. Todo daba tan igual… Cristina y yo andando por la carretera para ir a ver a Miguel y a Yolanda, tomarnos una cerveza en la puerta de el bar pequeño del pueblo pequeño de al lado. Pensar en el pasado fin de semana. Pensar en el próximo fin de semana. Nos haremos camisetas para ir a la próxima romería… Nos disfrazaremos de Spice Girls en Carnavales. Nos compraremos chupetes. Nos iremos a la discoteca después de cenar en la Comitella, y bailaremos hasta que se haga tarde. En mi vida he bailado tanto. María Mateos a punto de caerse a la cuneta y agarrándose a lo primero que pudo: mi camisa blanca, que rompió cerca de un ojal, que mi madre volvió a coser y que aún conservo (a mi madre, a la camisa y a María Mateos; y también a Cristina y eso vale más que nada en el mundo, porque es lo que he sido y sin ello sosteniéndome hoy no sería nada). Los problemas que entonces eran un tremendos, las intrigas adolescentes, las camisas del mercadillo y la chaqueta roja de plumas con el parche de Iron Maiden que tanta gracia le hizo a Carlos cuando conoció a aquella chavala de apenas 16 años que escuchaba insistentemente discos de Radiohead y decía ya entonces que su ciudad favorita era San Sebastián. Da miedo cuando comienza a hacer 10 años de cualquier cosa que seas capaz de recordar de repente como si fuera ayer.

Una tarde de otoño mirando desde una ventana del colegio, pensando en que mamá trabaja esta semana de turno de tarde y no llegará hasta la noche. O que quizá trabaja de turno de mañana y me la encontraré nada más llegar y me prepará un café con leche cremoso como jamás lo he vuelto a probar. Un café manchado. Antes de que empezara a trabajar, en tardes como esta íbamos a la granja de pollos de donde la gasolinera pequeña a comprar huevos frescos. A lo mejor preparar un té y tomarlo en el salón con una manta leyendo historias de Sherlock Holmes de un libro que el bibliotecario me había guardado porque sabía que era el único que me faltaba por leer. Subir la pesada persiana del salón. El crepúsculo. La hora de las siestas perdidas de las semanas de vacaciones de Navidad. Eran tantos días que al contar se escapaban de los dedos. Sentadas en la terraza acristalada de casa de María, definiendo las líneas generales de una vida deseada. Las conversaciones sobre lo por venir se extinguieron después del accidente de Rocío. No hizo falta esperar a irnos del pueblo. El mañana ya era una cosa rara cuando no pudimos seguir hablando de él con aquella inocencia.

Una tarde que nace ya caída, y que sólo muerde cuando sales al frío de la calle. Desde dentro, con la calefacción, es hermosa. El cielo estudia para graduarse en azules y las nubes ayudan procurando no hacer ruido.

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