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cocacola y cigarrillos

Subió la mañana entre el gris hasta la garganta, erupción del flujo de conciencia, amortiguada por la bruma…

Se acercó a la máquina de refrescos. “Mi cocacola ha caído de pie. Hoy todo saldrá bien.” Se quedó en el descansillo de la escalera, encendió un pitillo. Y pensó en todas las cosas que no era, cayendo en la cuenta del aforismo: la vida es eso que te va sucediendo mientras tú te empeñas en hacer otros planes. Reunió todos los fracasos, colocados uno detrás de otro en siniestra escalera hacia la derrota de la autoestima, y lo contrarrestó asegurándose con firmeza que en todo momento había procedido como siempre había deseado. Al fin y al cabo, ¿no radicaba en ello el orgullo de una vida digna de ser vivida?

¿Quién tiene la culpa, entonces, de que tantas cosas hayan salido mal? Da igual, porque otras salieron bien, y todavía se podía seguir andando. Y quedaba mucho que andar.

La vida es extremadamente liviana en su transcurso, y es casi imposible asirse a la realidad cuando ésta se acerca a lo que uno pretende. Nos resbalamos.

Luego está la falta de tiempo, y también el agotamiento de las fuerzas.

Y sólo queda la fuerza de voluntad y, a veces, la incondicionalidad de alguien detrás empujando. Y esto (experimentar esto) vale casi más que la vida.

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