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Vamos a jugar a los deseos: la manzana de Apple

Dice mi jefe que el primer publicista fue la serpiente del Pecado Original. Si seguimos esta premisa, la manzana fue el primer objeto de consumo (objeto de deseo), el árbol del bien y el mal la primera superficie comercial (a la vez que soporte promocional, la confrontación es bella) y Eva la primera… ¿consumista? O quizá víctima del fenómeno del consumo. Aunque, al fin y al cabo, vivir es consumir. Y si antes este fenómeno no se daba, era porque las necesidades, en el Edén, estaban plenamente cubiertas… hasta que surge la primera necesidad insatisfecha; y no sólo eso: la primera necesidad superflua. Porque cierto es que esa manzana, esa en particular, no jugaba papel alguno en la subsistencia hallándose en un jardín lleno de frutos…

No obstante, no se cumplen todos los parámetros para poder hablar de capitalismo de consumo, porque, aunque se produce la producción de ideas (propia de la fase avanzada del capitalismo en la que la idea que subyace a un producto tiene tanto valor o más que el simple producto con sus limitadas características materiales) no hay una producción de productos, válgame la redundancia, que conlleva siempre el empleo de la fuerza de trabajo (oh Karl Marx que nos observas desde… desde… desde… en fin). Suponiendo claro, que la serpiente creara la manzana de la nada y sin esfuerzo.

La serpiente genera la primera necesidad superflua que se conoce, mitológicamente hablando, en la cultura judeo-cristiana. Este, y no otro, es el trabajo de un publicista… hacer desear lo que no se necesita tal que si se nos fuera la vida en ello.

Vamos a jugar a los deseos. Vamos a jugar a querer una cosa y que se cumple, a que lo alcanzamos, a que nuestra capacidad de poseer, en respuesta al aroma de seducción que desprende el objeto, expande sus tentáculos como un blanco y viscoso calamar gigante hasta alcanzarlo…y apropiarse de su esencia. Claro que todo objeto en los tiempos que corre arrastra consigo una carga simbólica que abarca al individuo… es decir, el objeto tiene un significado que nos subyuga hasta el punto de cambiar nuestra definición como individuos. El producto crece, tiene significación y entidad por sí mismo, tiene una presencia propia, y entre todos le dotamos de un alma con la que luego deseamos identificarnos. Una nueva divinidad que (como todas) está hecha a nuestra imagen y semejanza, y hacia la que tendemos. Así, quedamos por debajo de un concepto superior que nos trasciende, algo instalado en una suerte de conciencia colectiva que nos arropa como un paraguas (siendo en este caso la definición de paraguas no otra que ‘madre con varillas de alambre’).

El objeto no es nuestro: nosotros somos del objeto. Como en aquel cuento de Cortázar, en Historia de Cronopios y Famas… (cuando te regalan un reloj, te regalan un pequeño infierno florido).

Yo, en particular, soy de mi iPod.

Mi iPod se llama mellamopersona, como mi nick en los foros. Y es niña. Tengo una iPod preciosa, tan preciosa como innecesaria para mi supervivencia, pero estoy convenientemente convencida de que es del todo imprescindible para mi salud mental. Y sobre todo, que me hace pertenecer a algo, un algo abstracto, una comunidad distinta, de superficies blancas y aristas matadas, metales pulidos y estética retro-futurista… oh, Apple. Oh manzana mordida por el deseo…Oh pobre identificación social. He sucumbido a la serpiente, a la manzana, al muerdo y al objeto, que deviene sujeto en tanto lo hemos dotado de voluntad propia. El iPod manda (shuffle), el iPod controla (rueda táctil), el iPod muestra el camino (fotos). Y detrás de su belleza indiscutible, yacemos quienes nos creemos dueños porque nuestro dedo mueve particularidades con precisión de relojero. Relojeros tontos. Mundo musical fabuloso.

Él me dijo: toma esta manzana, pruébala. Y tomé la manzana, y la probé. Y el aire que tragué alimentaba. Sí, alimentaba. Sustento psicológico pequeñoburgués.

Y yo amo a mi objeto.

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