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Siempre podemos detenernos y cantar canciones de campamentos cristianos coo “Somos ciudadanos de un mundo” o “En el mar he oído hoy”. Detrás, sólo hay voces muertas, una gris sustancia y el gris color de lo descompuesto.

Los espacios que comprenden (con su abrazo de carne roja y tibia, que un día morirá) las paredes del corazón pueden descomponerse y oler mal, y el pensamiento será una mera respuesta refleja condicionada por los gases que animan la maquinaria de las tripas. Es como si te hubieras tragado un trozo de cielo al subir demasiado deprisa, sin poder eructar después, quedándotelo dentro como un niño egoísta en fase anal, y sabiendo que te empujará a la muerte a ti, que eres algo y ahora vas hacia la Nada.

Aprende: este es el alimento que provee el silencio, una madre puta sin ojos y sin orejas, aislada por la noche e impedida para las verdades.

Hay otras formas de expulsarlo. Se te llena la boca según sube, se te va llenando la voz poco a poco, y si tienes fuerzas suficientes lo expulsas. Y quedas aún más vacío de lo que antes. Tal vez podrías dormir una vez haya terminado todo. También podrías dejar que tus intestinos tomaran la dirección opuesta, dejándote llamar por la gravedad, practicarte un corte vertical breve y preciso (por favor, limpio) en el vientre. Y dejarlo salir. Dejarlo salir…

Déjalo salir.

O sal tú de él.

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