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Fue cuando te diste cuenta de que una redacción, en realidad, era una oficina más, sólo que salías de vez en cuando; entonces dijiste que sí al nuevo empleo aceptaste que daba igual, que no te quedaba otra que lanzarte a ello porque, de lo contrario, nadie podría mantenerte, y no es que asé te mantenga alguien: te mantienes tú. Tu mesa, tu ordenador, tu bote de los lápices con fotos de tus amigas pegadas [sí, falta una de mamá y otra de Toño], salas de reuniones, despachos, recepciones, departamentos, cristales tintados y ventanas del suelo al techo. Delante, la autopista, la autopista, la autopista, como en una novela de Ballard, llena de coches bajo el calor. Detrás, las urbanizaciones, sí, nena, estás en mitad de la nada con un contrato indefinido de jornada completa.

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