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la vida cambiante

Puede que esa revista nueva salga, que yo sea su experta en belleza y que la colaboración esté bien pagada.

Puede que me den ese trabajo de por las tardes con el que apuntalar mis ingresos mensuales disfrutando, por otra parte, de una labor sencilla y dulce al mismo tiempo; al menos ya estoy en proceso de evaluación.

Puede que, si todo eso ocurre y mis ingresos dejan de ser irrisorios, las mañanas libres me permitan seguir estudiando y terminar la segunda carrera [Literatura Comparada].

Puede que hasta me inscriba en el Doctorado, y pueda llevar a cabo la investigación con la que durante tantos años he soñado; porque yo lo que quería era seguir estudiando, hasta aburrirme, hasta cansarme…

Puede que sí, que suceda, que me confirme como una persona con suerte y acceda a algo que está reservado a quien tiene más recursos [ajenos] y no tiene que preocuparse por su propio sustento.

Puede que los fines de semana consistan en estar en casa, leyendo y estudiando, organizando apuntes, haciendo trabajos, escribiendo artículos, organizando reportajes de cremas hidratantes y pintalabios; con él al lado, quizá viendo el fútbol [seguramente viendo el fútbol] o/y leyendo el periódico… puedo estudiar sin problema con la tele puesta.

Puede que todo esto cueste mucho: para empezar, de nuevo entrar en la dinámica de salir de casa a las 8 de la mañana para volver, como pronto, a las 10 de la noche… pero llevo un año de barbecho, un año de parada en seco y ritmo tranquilo con el que recuperarme de 5 años sin resuello, a los que estoy deseando volver si eso me permite hacer todo lo que quiero; no me importa el desgaste, no me ha importado nunca.

Pero tengo miedo de que no salga nada, de mi propia negligencia que yo misma he visto y he sufrido; del vacío y los sinsentidos de las mañanas de invierno rumbo a alguna parte; y de enfrentarme de nuevo a la crisis de ‘mi vida no me gusta’, que es lo peor que he experimentado jamás. Me queda el consuelo de que, cuando eso ha sucedido, he conseguido llevar a cabo todas las acciones necesarias para cambiarla y volver a hacer de mi existencia algo con lo que sentirme a gusto. Soy una superviviente, pero de las buenas.

Fue lo último que me enseñó mi padre: el valor de una vida digna de ser vivida. Por eso no me importa dejarme la piel en la vida que quiero, presa de mi propia ambición, acumulando actividades que, si se dispusieran en un orden lógico, unas detrás de otras, conforme dicta el sentido común, no me daría tiempo realizar en una sola vida. Quiero verme otra vez, embarcada en mil aventuras… ahora, con un compañero de viaje, que me vela el sueño cuando me quedo dormida en las fiestas.

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