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Las mañanas de los dos últimos años en el colegio de las monjas (correspondientes a 1º y 2º de Bachillerato LOGSE) transcurrieronn entre el frío que pasábamos quienes nos situábamos en la fila más alejada de los radiadores, Angelito Lalalá arrojando guantes por la ventana, la hermana Victoria soltando indirectas dañinas, la Presen con sonrisas como soles y un par de murales navideños (en concreto, un Belén a cuya Virgen María se le translucía, por accidente, el parrús, y un collage con espumillones y tiritas para heridas marca Hansaplast) realizados por iniciativa de unas cuantas interesadas, huella de Dr. Marteens mediante, que presidieron un aula amarilla durante dos cursos enteros.Aparte de eso, la oscuridad de las primeras mañanas de Filosofía, el abismo de un futuro incierto (que sigue siendo incierto, pero con eso del abismo ya hay costumbre) y el desconocimiento de cómo funcionaban, realmente, las reglas del juego…

Amiga Pi, ¿recuerdas la entrañable palabra que da título a este post? Seguro que sí, una memorable aberración que reunía en un único vocablo cuantos errores se podían acumular en tan reducido espacio… ¿Y te acuerdas de cuando hacíamos recopilaciones de nuestras faltas gramaticales favoritas? (El dequeísmo intencionado sigue siendo el que más me mola.) Pues mira esto, el link llega de manos de Bowie desde el Drink Team.

Y, por favor, un momento de recuerdo para el tío Juan…

Revistas francesas y MTV non stop music. Una noche tranquila con tabaco y sin ausencias aparentes, con la mente puesta en futuros conciertos, en próximas confesiones en público, un desnudo tras otro. Una noche tranquila y el cuaderno.

Pensando… ¿Hasta dónde debe completarse un curriculum vitae? ¿Qué parte de mi vida puede pertenecer a otros hasta ese punto? ¿Dónde acaba la entrega de la identidad? ¿Qué omitir so pena de cerrarse puertas de antemano?

 

En fin, cuando uno hace listas de cosas (honorable terapia contra el pánico al caos natural) no sabe dónde detenerse, dónde parar de enumerar lo obtenido y lo porvenir.

 

Ya está listo el primer número de Impracabeza Magazine. Puedes disfrutarlo aquí.

Arráncamelo todo que ya estoy de vuelta.
(Diapositivas desde Flickr)

Los pasillos, túneles y pasarelas han dejado prosperar mi alma hasta alcanzar de nuevo el hogar, con su wi-fi, su tele por cable y sus ventanas a la calle, con una semana aún por delante para ensayar una y otra vez eso de no rascar bola.


De nuevo en casa. París bien, gracias, eso de la foto es la entrepierna de la torre Eiffel. Próximamente en sus pantallas vía flickr, el reportaje completo con todo el kistch inherente a cualquuer período vacacional con visita a Disneyland, donde la belleza es tan mágica que resulta insalubre (imagina contagiarte de una afección de las vías respiratorias por besar el disfraz de Minnie Mousse).


Bueno. Pues ya está. Ronnie se ha quedado a las puertas de lograr su título número 19 frente a un Ding Junhui que le ha vencido con la dignidad mayúscula que solamente da el buen juego.

La eficacia del muchacho de 19 años ha ido de la mano, por una parte, de esa cierta capacidad de soportar la presión que seguramente le lleve muy lejos en su carrera como jugador de snooker, y, por otra, de un ‘The Rocket’ desubicado en el partido que, si bien no ha rascado apenas bola, al menos puede admitir abiertamente que ha sido un partido entretenido, divertido. Un partido de frames cortos (media de 12 minutos) que bien puede devolverle la ilusión perdida que hasta ahora parecía que le arrastraba hacia el pool.Pero los años están pasando, y con la experiencia creciente de los grandes llega también la sangre nueva. Los jóvenes que todo lo revolucionan, capaces de hacer cosas frescas cuando parece que ya está todo visto… El relevo generacional que le da a todo un aire nuevo, y que espero que logre hacer que Ronnie permanezca para medirse con nuevos contrincantes y para hacer cosas como sólo ‘The Rocket’ sabe hacer.

Esta es mi conclusión del encuentro y del torneo. Nos vemos en septiembre en la Pot Black, un torneo a un frame que será de todo menos aburrido. Y que, además, tendrá lugar en un panorama sustancialmente distinto después de la victoria de Junhui.

Ayer la página internacional de Eurosport abría la información sobre snooker con un titular inolvidable: Rocket on fire, en alusión al encuentro entre Ronnie ‘The Rocket’ O’Sullivan y Selby, que se respolvió con un 5 a 1. Bueno, pues para lo que ha hecho esta tarde no deben quedarles ya titulares posibles: 6-0 en el partido más corto que se recuerda en una competición internacional, 20 minutos menos que la marca anterior, ostentada por Hendry, y que estaba en torno a los 72 minutos o así. Con ese estilo tan personal de no darle siquiera tiempo al árbtitro de recolocar las bolas de color, ha destrozado a Dale, a quien ya desde el principio se veía con la cabeza en otra parte. Otra cifra más para su inigualable estadística personal.

En fin, así es Ronnie. No sólo es contundente, sino que es uno de los jugadores más rápidos de todos los tiempos. A ver qué tal mañana en la final de este Torneo de Irlanda del Norte, pero por lo pronto sabemos que está jugando sin presión, y eso se nota. Independientemente de lo que pase mañana, estoy convencida de que esta temporada podemos llegar a ver cosas impresionantes… Y sólo acaba de empezar.

Ayer, al término del encuentro y ya despachado Mathew Stevens con un 5-2 en un visto y no visto (sobre todo después del descanso), Ronnie O’Sullivan tuvo a bien realizar unas curiosas declaraciones a la prensa, que en resumidas cuentas venían a decir que últimamente se aburre jugando a snooker porque se ha convertido en algo demasiado serio, y que este verano, jugando a pool (el IPT en Las Vegas), se lo ha pasado de bien como no se lo pasaba en mucho tiempo. Y no le faltan motivos porque, según dicen los expertos, sólo necesitaría mejorar su break para convertirse en una estrella de esta otra variante del billar, porque por lo demás tiene madera y calidad más que suficientes.


No obstante, tal vez ahí esté la clave de las ‘horas bajas’ del campeón, que caía en las semifinales del campeonato mundial esta pasada temporada. Y aunque ayer Ronnie dejara sobradas muestras de que sigue siendo el que ha sido, no es de extrañar que tantos años haciendo lo mismo hayan acabado por producirle (como a cualquiera) sensación de hastío.

Al fin y al cabo, lleva dos tercios de su vida (y tiene sólo 30 años) jugando snooker. Lo ha ganado prácticamente todo, lo ha hecho todo, ha llegado a lo más alto… Y ahora dice que se aburre. Pero dice algo mejor: que quiere experimentar, hacer cosas nuevas, salir a pasarlo bien y que el público disfrute. Así que, posiblemente estos meses bajos que le hemos observado hayan sido sencillamente un punto de inflexión, un breve receso antes de lo que está por venir…

Por cierto, un buen resumen de parte de lo que llevamos de torneo en el blog de surzin.


Una mañana parda que anticipa el posible rostro del otoño que viene. Coches de familias magrebíes dirección Francia con sus bultos en lo alto, las vacaciones siempre se acaban, una cosa más en la que todos somos iguales. No es descartable que llueva y, en fin, es de destacar (positivamente) que no haga calor. Y tras el informe meteorológico y del estado de las carreteras, reflexionemos sobre temas profundos.

 


Snooker. Esta tarde juega Ronnie contra Mathew Stevens, que llega a la eliminatoria bastante mejor, según parece. En fin, espero que Ronnie deje ver algo más de calidad que el otro día frente a Peetman, al menos verle más seguro, más ‘The Rocket’. En cuanto a Dott, juega hoy contra Selby y vuelvo a tener la negra, porque la partida es a las 11.00h CET y me lo voy a perder, otra vez; ojalá pase eliminatorias y pueda verle jugar al menos un día… Si no, me daría mucha penita. Como penita dio casi ayer Doherty, quien parecía estar sólo despierto a ratos (como el rato magnífico del frame que resolvió con 130 puntos) y tuvo que llegar al noveno asalto para poder despachar a un James Wattana que demostraba mucha más confianza en sí mismo como para llevarse la eliminatoria. No obstante, las cosas han salido como han salido, ya estamos en la tercera ronda y, provisionalmente, Doherty es el número uno del mundo y Dott ocupa el tercer puesto, mientras Ronnie se queda en el 12, a la espera de conocer quién se llevará este Torneo de Irlanda del Norte.


A veces cuesta, pero los grandes siempre acaban por dar la talla.
C’mon Ronnie.

Avezados lectores de Douglas Coupland (igualmente todos aquellos que pueden pasar perfectamente por personajes suyos), resbaladizos miembros de eso de la generación X, culturalizados empleados en trabajos precarios (mileuristas y otras hierbas), amantaes del sentido del absurdo, cínicos posmodernistas capaces (o no) de hablar de algo llamado ‘deconstrucción’ y frikis recalcitrantes… ESTAIS DE ENHORABUENA, porque por fin llega…

El 8 de septiembre tendréis en los mejores cines una de las secuelas más esperadas de los últimos años y que llega con un antecedente que uno no sabe muy bien cómo encajar: 8 minutos de ovación de la crítica en Cannes.Aquí os dejo un adelanto…

Tras el espeluznante documento que José María Aznar ha dejado para la BBC (aunque esto es más risión que otra cosa), los cortes simultáneos de seis líneas de metro, la impunidad con la que actúan tenebrosos personajes de oficina, otras dos semanas a sirope de arce y la inminencia de septiembre, y con todo ello comprobar que una mantiene la calma y la sesera continúa donde por anatomía le corresponde, no puede sino experimentarse sorpresa por los niveles de aguante, a saber, tragaderas, que el ser humano puede desarrollar. La clave debe ser eso que dicen de estar por encima de todo. Eso de ‘me la suda’.

Dicen que los años conceden tranquilidad de ánimo, pero cierto es también que esta particular ataraxia de temporada conlleva un ejercicio de intolerancia hacia ciertos aspectos del mundo, ejercicio necesariamente previo a alcanzar la indiferencia. A lo mejor estoy describiendo los procesos del cinismo (entendido en su peyorativo sentido moderno)… Eso os toca a vosotros juzgarlo.

Pero me voy a explicar un poquito más, porque hablar de intolerancia y, a la vez, de paz espiritual le parecerá al lector una incongruencia. Pero no es así. No son sensaciones simultáneas sino consecutivas, seguidas una de la otra en el tiempo y conectadas mediante una extraña suerte de relación causa-efecto. Primero uno se indigna un poco, luego mucho y al final explota. De la explosión resultan consecuencias diversas, entre las cuales con suerte puede estar la conclusión que hace de llave del nirvana: ‘¿y tanto sufrir por esta mierda?’. Con lo que uno, al final del proceso, acaba pasando de todo.

Lo que ocurre es que, debido a la frecuencia con la que se produce la secuencia descrita en la vida de una persona, ésta puede desarrollar la capacidad de obviar o saltarse alguna de sus fases, hasta el punto de que justo a continuación del acontecimiento, el sujeto pase al estadio ‘me la suda’ sin pasar por ningún episodio de indignación.

Así es que, a mí, plín. Ya no me desvelo o, al menos, no suelo.

Tanto es lo que nos ha llegado y nos sigue llegando de la cultura norteamericana a través de las producciones audiovisuales, libros (muchos best sellers y algunos clásicos del s. XX), que podemos pensar que conocemos, siquiera en parte, a esa sociedad. Una y mil veces nos han hecho concebirla como la de la tierra de las oportunidades, según el criterio de la igualdad de posibilidades de individuos que pueden llegar a lo más alto por sus propias aptitudes (self made man).

Sin embargo, en las series no vemos que se trata de la sociedad industrial que mayores desigualdades padece en su sistema de estratificación. Será, tal vez, conforme a lo que reza aquella célebre cita de George Orwell: todos somos iguales, pero unos más que otros. Las diferencias de posición desde el momento del nacimiento, tales como pertenecer a una familia mono o biparental, el acceso a la educación superior, o la pertenencia a instituciones sociales preestablecidas y asociadas a ciertos estatus sociales, no sólo condicionan, sino que pueden llegar a condicionar el futuro de las personas marcando diferencias que desde nuestra vieja Europa siquiera podemos concebir. Diferencias que, además, van en aumento.

En las series no se ve que la baja remunerada por maternidad no existe, y que si acaso un empresario puede, a lo más, ser obligado a readmitir a una mujer en su puesto de trabajo tras el parto. Ni se ve tampoco que no hay un sistema sanitario público que garantice la asistencia a todos los ciudadanos en cualquier circunstancia o trance, lo cual redunda en la deficitaria salud de las cada vez mayores bolsas de pobreza (donde, además, apenas llega la información sobre los hábitos saludables, y si llega apenas afecta por la carestía de medos para ponerlos en práctica).

En las series no se ve que, después de la crisis de los 80, desaparecieron miles de empleos, para que las estadísticas regresaran al pleno empleo en los 90 con un regusto bastante diferente en el panorama: un aumento de los trabajos de baja cualificación e ingresos y un aumento de los puestos de alta remuneración (con un aumento, a su vez, del salario percibido en los mismos), frente a una disminución más que significativa de los empleos de la mitad del espectro, de lo cual resulta una paulatina desaparición de las clases medias, tradicional colchón social y económico (por su capacidad sostenida de consumo y su papel en la transmisión de valores, entre otras cosas) del estado de bienestar. Así, el empecinamiento de EE.UU. por liderar el sistema productivo mundial en la última década y media se ha saldado con un balance entre costes y beneficios positivo, a expensas de las familias menos favorecidas. Tampoco se ve que, si bien las diferencias de género en terreno laboral disminuyen, no se deben a que aumenten los salarios de las mujeres, sino a que disminuyen los salarios de los hombres.

En las series no se ve que en el 80% de las familias pobres, el cabeza de familia trabaja 40 horas semanales o más, y que a pesar de ello es incapaz de arrancar a los suyos de la miseria. Ni que las familias de minorías étnicas que logran prosperar se marchan del barrio, con lo que dejan sin modelos de roles positivos a los jóvenes de sus calles, propiciando su condena en un futuro.

En las series no se ve que en Estados Unidos, merced de ese espíritu de valores individualistas que propugnan las ya mencionadas oportunidades para todos, los trabajadores no tienen apenas sindicatos ni costumbre alguna de colaborar para conseguir beneficios para todos. Ni se ve tampoco que la mayoría pobre no participa políticamente, entre otras cosas porque las elecciones se celebran los martes y a muchos de ellos no se les permite faltar al trabajo para ejercer su democrático derecho al voto, cosa que aleja la posibilidad de mejoras políticas y económicas.

Y, en fin, en las manifestaciones audiovisuales del resto del mundo tampoco se ve que los demás países industrializados miran el modelo estadounidense con aire entre temeroso y golosón, pensando si será necesario/apetecible recaer en medidas parecidas para alcanzar al todavía gigante… Que sin embargo, por todo esto no presenta sino pies de barro, ¿no creéis?

¿No os parece que un sistema así lleva escrita en la frente su propia condena? Al menos eso es lo que opinan los analistas sociales que abogan por modelos donde los trabajadores experimenten mayr prosperidad. Empleados mejor remunerados, más organizados y protegidos por leyes estatales, y con mayor participación en las decisiones de las empresas, con lo cual los trabajadores suelen ser más fieles a las mismas, más ilusionados con lo que hacen cada día… Y más esforzados y eficaces en el desempeño de sus tareas.

Claro, que como ocurriera con el VHS vs. Betacam, o con la PlayStation1 vs. Sega Saturn… siempre puede triunfar el peor modelo.

En fin. Seguiría disertado pero Toño me llama para cenar. Agradecedle a él que esto acabe aquí.

Como quien juega con fuego: perdiéndole el respeto, con la diferencia de que no quema sino que a lo sumo se diluye; arrancándole el sacro olor con una llamada a la fortuna exigua que no espera respuesta. Porque no es incienso - no huele, y porque no es fuego - es agua y lo mismo que hay sed, para muchos hay ansia.La primera carrera de la mañana en Newmarket, un fondo de inversiones con riesgo, un par de manos más al poker en la mesa de apuestas altas… Qué más da. Posiblemente, ni ansia ni liberación. Indiferencia. Como quien arroja del lado al amante capricho al que ya se ha gozado.

Dinero. Dinero. Inútil para uno pero, por su peso ‘objetivo’ para los otros, cuántas veces tan macabro…

1. No volverán a escribirse novelas en las que un grupo de personas, aislado por las circunstancias, regrese a la “condición natural” del hombre, vuelvan a ser criaturas esenciales, pobres, desnudas, armadas de horcas. Lo máximo que se permite escribir es un relato muy breve, el último del género, el tapón de la botella. Yo mismo lo escribiré. Un grupo de viajeros naufraga, o sufre un accidente de aviación, en algún lugar, seguro que será una isla. Uno de ellos, un tipo fuerte, alto, antipático, tiene un arma de fuego. Obliga a todos los demás a vivir en unos pozos de arena cavados por ellos mismos. De vez en cuando saca a uno de sus prisioneros, le mata de un disparo, y se lo come. La carne sabe bien, y el hombre va engordando. Después de haber matado y haberse comido a su último prisionero, empieza a preocuparse porque no sabe que va a comer a partir de ese momento; pero por fortuna llega un hidroavión y le rescata. Luego cuenta al mundo que él fue el único superviviente del desastre inicial, y que ha sobrevivido comiendo bayas, hojas y raíces. El mundo se queda maravillado ante su magnífico estado de salud, y en los escaparates de las tiendas de comida para vegetarianos colocan carteles con una foto de él. Jamás se llega a averiguar lo que hizo en la isla. Ya ve lo fácil que es escribir, lo divertido que resulta. Por eso prohibiría este género.2. No se escribirán más novelas sobre el incesto. No, ni siquiera las de muy mal gusto.

3. No habrá más novelas cuya acción se desarrolle en los mataderos. Admito que, de momento, éste es un género sin importancia; pero me he fijado en que recientemente está aumentando la utilización de los mataderos en los relatos breves. Hay que cortar de raíz esta tendencia.

4. Habrá que establecer una prohibición, durante veinte años, para toda novela que ocurra en Oxford o Cambridge, y una prohibición de diez años para toda la narrativa universitaria de los demás tipos. No se prohibirá la narrativa cuya acción se desarrolle en los institutos de formación profesional (pero no habrá subsidios que la fomenten). No se prohibirán las novelas cuya acción ocurra en escuelas primarias, pero se prohibirá durante diez años las de las escuelas secundarias. Prohibición parcial para las novelas de maduración (se permitirá una solamente por autor). Prohibición parcial para las novelas escritas en presente histórico (también en ese caso, se autorizará una por autor). Habrá una prohibición total para las novelas en las que el principal personaje sea un periodista o un presentador de televisión.

5. Se creará un sistema de contingentación para las novelas cuya acción se desarrolle en Sudamérica. Con esta medida se pretende poner freno a la epidemia de barroquismo de viajes todo-incluido y de ironía gruesa. Ah, la propincuidad de la vida barata y de los principios caros, de la religión y el bandidaje, del honor sorprendente y la crueldad fortuita. Ah, el pájaro daiquiri que incuba sus huevos bajo el ala; ah, el árbol fredona, cuyas raíces crecen en la punta de las ramas, y cuyas fibras le permiten al jorobado dejar telepáticamente embarazada a la altiva esposa del dueño de la hacienda; ah, el teatro de la ópera completamente invadido por la vegetación selvática. Permítame el lector que dé unos golpecitos a la mesa y que diga “¡El siguiente!” Para las novelas cuya acción se desarrolle en el Ártico o el Antártico se crearan unas becas de desarrollo.

6. a) Prohibición para las escenas en las que ocurre una relación carnal entre un ser humano y un animal. La mujer y la marsopa, por ejemplo, cuya tierna cópula simboliza una plena reparación de los tenues hilos de telaraña que antiguamente vinculaban entre sí, de forma maravillosamente pacífica, a todos los seres vivos. De eso nada. b) Nada de escenas en las que la relación carnal se desarrolle entre hombre y mujer (a la manera marsupial, podríamos decir) en la ducha. Lo digo por motivos en principio estéticos, pero también facultativos.

7. Prohibidas las novelas que traten de pequeñas, y hasta ahora olvidadas, guerras en los confines del Imperio Británico, a lo largo de cuyo detallado desarrollo nos enteramos de que, en primer lugar, el británico medio es un ser malvado; y, en segundo, que la guerra es un asunto verdaderamente horrible.

8. Prohibidas las novelas en las que el narrador, o cualquiera de los personajes, sea identificado simplemente por la letra inicial. ¡Todavía hay quien lo sigue haciendo!

9. No se permitirá que se escriban novelas que en realidad tratan de otras novelas. Se prohibirán las “versiones modernas”, las reelaboraciones, las secuelas y precuelas. Quedarán prohibidos los finales imaginativos de las novelas que su autor dejó sin terminar a su muerte. En lugar de eso, se les proporcionará a todos los escritores un dechado en lanas de colores, para que lo cuelguen en la repisa de su chimenea. Y que dirá lo siguiente: Que cada cual teja su propia labor.

10. Habrá una prohibición de veinte años para el tema de Dios; mejor dicho, para toda utilización alegórica, metafórica, alusiva, entre bastidores, imprecisa y ambigua de Dios. El jardinero barbudo que se pasa el día cuidando el manzano; el sabio y el viejo lobo de mar que jamás se precipita a la hora de emitir juicios; el personaje al que se nos presenta solo a medias, pero que a la altura del capítulo cuarto ya nos empieza a dar escalofríos… Todos ellos tendrán que quedar encerrados en el armario. Sólo se permite la aparición de Dios en forma de una divinidad verificable que se enfada lo suyo ante las transgresiones humanas.

Julian Barnes, El loro de Flaubert

¡Acción, acción y más acción! Esto es lo que necesita el arte, especialmente la literatura y, dentro de la literatura, el singular caso de nuestra amiga la poesía. Atendiendo a este requerimiento (el del movimiento incesante en busca de nuevos proyectos) os presento una nueva revista digital que, en los albores de su primer número, nos insta: ¡COLABORAD, MALDITOS!Una nueva iniciativa multilingüe que quiere pasear sus textos en castellano, inglés y el dulce italiano. Esta es mi nueva invitación y recomendación.

Pasen ustedes, pasen y rehuelan.

(El plazo para las colaboraciones del primer número expira el 31 de julio.)

A veces uno se decepciona. Suele pasar cuando espera que algo transcurra de un modo determinado, y al final acaba saltando por los cerros de Úbeda.Pero hay veces en que uno se lo calla, bien por pudor, bien por indiferencia, bien por miedo a que los demás no compartan su opinión. Luego, hay otros que directamente se exilian a purgar estúpidamente noséqué errores que, cometidos por quien no tiene malicia, son perdonables, rectificables, olvidables… Y esto no hace sino aumentar la injusticia, aunque a veces es necesario ver a alguien en la distancia para poder medirlo con perspectiva en toda su grandeza.

Así, el silencio por la decepción puede durar años. Cierto es que ocurre porque no se hace estrictamente necesario hablar, y también porque es procedente que los demás se forjen su propia idea. No obstante, cuando esto último al fin sucede, llega la chispa: la conexión en la que dos (o más) se dan cuenta de que coinciden precisamente en lo más escondido. ‘Sí, a mí también me ha pasado’. Una extraña suerte de comunión.

‘Uf, qué alivio’. Y luego ‘uy, qué tontos’.

Y por cierto, qué buenísimo estaba el risotto.

Nuestra amiga Raquel Palma tiene nueva barquita pa’ navegá en los océanos internautas. Visitadla aquí.

Desde Desprendimientos, espero que además de lo ancho y lo largo de la Internet, llegue a surcar los mares del éxito que se merece como persona y como artista.

Hace un par de días, leía en el periódico que los españolitos ganamos prácticamente lo mismo ahora que hace diez años, mientras que el tejido empresarial no ha dejado de crecer y de incrementar sus beneficios. Así, nuestro poder adquisitivo mengua (atroz situación para una generación educada en el consumo de bienes y servicios) y yo me pregunto en qué parte de mi sueldo están todos esos puntos que ha crecido el Ibex-35 en la última década.

Un día llega alguien que te invita a participar en determinado acto o antología, y tú sonríes mostrando tu satisfacción, asientes y te congratulas internamente hasta que… ‘y me escribes unas líneas de poética’.

Una poética es una definición, a cargo de uno mismo, de lo que uno piensa que es la poesía y, aún peor: de lo que piensa que es SU poesía. Horror. Un donut hablando de su agujero.

¿Qué hay alrededor del asunto que le empuja a uno a precipitarse palabras abajo hacia el absurdo más completo de cualquier ficción o expresión de la sentimentalidad (que no es sino, siempre, otra ficción más, posiblemente la más infame de todas)?

El resultado viene a ser un texto miserable en el que uno/a destripa su propia obra, con las loas o los improperios que estima oportunos, antes de que el respetable pueda siquiera olerla. Desde lejos se percibe el tufo de un escrito que apesta proporcionalmente a la cantidad de veces que se haya utilizado en él la primera persona del singular. O peor: el plural mayestático.

Atiendan al peligro antes de aproximarse, amigos: hay quien disfruta perpetrando poéticas. Estos son, sin duda, los peores.

Al fin y al cabo, qué de bueno se puede esperar del triste de la clase al que nadie hacía caso*, de ese que empezó a escribir de puro aislamiento, cuando se le da por entero el uso legítimo de la palabra para hablar de sí mismo.

Hay poéticas cortas, largas, analíticas, locuelas, ñoñas, universalistas, esencialistas, metafóricas… Y todas ellas tienen en común que le suelen arrancar de cuajo a uno las posibles ganas que pudiera tener de profundizar en la obra de su autor. O, en el caso contrario, que se da muy extrañamente, que el impacto en el oyente/lector sea positivo, y con posterioridad derive hacia la más honda decepción.

Ante este tipo de compromisos, recomendaría disertar sobre cualquier otra cosa que no fuera lo propuesto. Al final, el público lo agradece. Lo sé por propia experiencia.


*Ay, María Eloy, cuánto te debo…

Ains, cómo he tardado en escribir…

El fin de semana pasado, mientras media España estaba con la vista puesta en una ciudad capaz de gastarse lo indecible para recibir dos días a un señor y que no puede invertir en sus infraestructuras como para que la gente no se mate, me fui a la sierra a ver a Dylan. Qué cosas, las familias reivindicándose a sí mismas con arreglo (de trasfondo) a criterios de lo que puede o no puede ser, y virginales jóvenes armados de guitarras catequistas destilando buena onda por las calles de Valencia en defensa de la heterosexualidad en las formas (en el fondo, cada cual luego esconde sus trapos donde y como puede, ¡ay de la doble moral de las convenciones sociales!).

Al final, el fin de semana nos dejó a un Papa inteligente, comedido y oportuno (intelectual que es él, oiga). No quiso añadir más ansiedad a la que ya de por sí arrastra una conferencia episcopal desquiciada que, sea por el matrimonio civil entre homosexuales, sea por el proceso de paz vasco, ha olvidado el asunto ese de la separación Iglesia-Estado. Ains, qué materiales son, al final, los asuntos de Dios. Y qué miserables los hombres. Iba yo justamente pensándolo esta mañana, escuchando a Blondie y cruzando el paso de cebra con el temor habitual a la mongolez al volante del personal, después de encajar dos codos a la altura del bazo al intentar bajar del siempre atestadísimo 159. Pero cavilé: qué coño, es viernes, día tonto y feliz. Tras lo cual, he tomado posesión de mi puesto de trabajo con una sonrisa y me he limitado a dejar a mi mente volar hasta localizar a mi favorito de esta tarde para la primera carrera de Newmarket. Da igual la naturaleza humana, la tiñosidad de espiritu y la lobreguez del oficinista en hora punta. Lo que realmemte importa es que un potro de dos años llamado Dunelight quede entre los tres primeros de sus semejantes en la milla de las 13:30h.

Y volviendo al tema del que pretendía escribir: Bob Dylan, o como diría el amigo Favorite, Su Bobeza. Está mayor ya el hombre, la artrosis le impide sostener una guitarra y nos deja sin su estampa más característica. Pero tiene el día de buen rollo y nos sonríe y nos dice que se lo está pasando genial y toca ‘Like a Rolling Stone’ y saluda con la manita al respetable. Nada que ver con el Dylan frío y despegado del que tantas veces me había hablado Toño. La banda, enorme. Dice el Vito, y coinciden los demás que estuvieron hace dos años en Alcalá, que cierto es que estaba más majo, pero musicalmente más tranquilote que entonces. Dos años… Marité me hacía ver todo lo que han dado de sí estos últimos dos años en nuestras vidas, aprovechando el trayecto Cabanillas-Villalba camino del campo de fútbol con Javi al fondo despotricando contra el carné de conducir por puntos…

Así empezó mi 25 cumpleaños. La voz del Pollo asegurando que Jesús Gil está vivo y en Florida, con una inmensa camisa de flores, huído de los escándalos marbellíes… (Seguro que ha enseñado a Elvis a jugar al mus y echan su partidita todas las tardes con un par de ancianos exiliados cubanos.) Y con Toño y mi nueva y flamante Play Station 2. Así se estimula la felicidad de una humilde personalidad adictiva.


Esta fue la primera de todas tus manualidades cuando eras un crío: cortar, pegar y colorear tonterías como casitas, flores, etc. Quién te iba a decir a ti, que apenas te salian los barquitos y las pajaritas eran como el imposible, que décadas más tarde te encontrarías de nuevo con propuestas similares, si bien con un punto de sofisticación pop que jamás imaginaste en todo ese tiempo.

Aquí tienes tres propuestas. Tres plantillas creadas por tres estudios de diseño, que llegan a tu ordenador en blanco y tú debes colorear o decorar como quieras. Después, sólo te queda construir a tu nuevo amiguito de papel.

Ideal para imaginaciones desbordantes, mentes desequilibradas y personajes con hiperactividad.


Cajas, coches y zapatos, en Shin Tanaka


Estos bichos encantadores, en DGPH.

Esto, en Readymech.

Y ríete tú de la cosa esa del origami y las grullas.

Grandes momentos de este fenómeno social que es La Hora Chanante con los que espero que el señor Juan Antonio Loro quede bien servido, amén del disfrute que proporcionarán al resto de la parroquia.

RETROSPECTER BOY SCOUT CORRPUTO

RETROSPECTER PALABROTAS

RETROSPECTER BENICASSIM 2005

BILL GATES… yo inventé el control+z

CONSEJOS DE CÓMO VESTIRSE, POR EL GAÑÁN

EL VIDEOJUEGO DEL GAÑÁN

Israel invade Gaza para rescatar a un chaval de diecisiete años, cabo de su ejército, secuestrado en un puesto fronterizo días atrás. “Sólo queremos traer a nuestro muchacho de vuelta a casa”.

Una operación militar de dimensiones bárbaras e impensables consecuencias políticas por la sola búsqueda de un soldado. Un pequeño Ryan atrapado en la absurda espiral por la que se precipita un pueblo, “el elegido”, que lucha por mantener una burbuja imposible, como quien parte un mar en dos y trata de sujetarlo a tiros.

Devolver al chaval vivo a sus padres se ha convertido en el símbolo que, de repente, enmudece a todas las mujeres y menores detenidos en prisiones israelíes. Mujeres y menores sin identidad porque no tienen quien diga su nombre, porque a nadie le ha parecido raro que falten de sus casas. Mira tú la costumbre lo que consigue. Personas débiles atrapadas en otra espiral por la que se precipita otro pueblo que, como el mar, se ha cerrado sobre sí mismo y ha sellado todas las puertas.

En el mundo hay dos tipos de persona: quienes dicen a todo que sí y quienes dicen a todo que no. Paradójicamente, en cada caso se podría decir que cada una de las dos tendencias es indisociable de la naturaleza humana. Tal es su presencia.

Al primero de los dos grupos pertenecen los ejecutivos incapaces de negociar un plazo razonable para una entrega de trabajos porque creen que el éxito radica en el perpetuo asentimiento ante el cliente. Así, comprometen el nombre de la compañía y la salud física y mental de los equipos que están tras ellos, y sin los cuales no serían más que (lo que son) autocomplacientes gorrinos de charco.

Al segundo corresponden los especialistas en producción de los que, les pidas lo que les pidas, sólo obtienes un “¡es imposible!” o quizá, como Apu con el fresisuís de sirope: “¡pero eso jamás se ha hecho!”.

Al medio, queda el reducto de los superhéroes cotidianos. Una fina línea de la existencia donde se desafía a los elementos, se pone en riesgo la cordura y se afirma que en un puto día y medio es imposible concebir, diseñar y presentar una campaña de comunicación para 14.000 personas.

Día tonto.

Genial el último disco de Barricada.

Es espeluznante pensar hasta dónde nos podemos ver en Holden. He necesitado cinco años para reconocer(me).

Ya se diluye la época ligera y, como me decía Mara en una ocasión, a pesar de haber conocido tantas cosas, los aventureros precoces nos hemos quedado con la sensación de que nos hemos perdido algo…

…Monstruos de grandes esperanzas.

Exactamente esto:


(Bueno, el señor de rojo a lo mejor no.)

Quien mira hacia otro lado siempre suele tener la gracia suficiente de emplear, al menos, el rabillo del ojo para captar una visión de conjunto que siempre será inalcanzable para quienes deciden mirar de frente. Así es posible prever próximos movimientos, cubrirse las retaguardias a priori de las hecatombes.

Pero, no obstante, es imposible anularse, sustraerse del curso de los acontecimientos. Uno es observador por naturaleza. Uno es sujeto y a la vez es objeto que recibe lo que le envía el mundo circundante. Uno puede presumir de no implicarse, pero si hay conocimiento, irremediablemente, habrá responsabilidad.

¿Hasta qué punto es justo o debido intervenir en el devenir ajeno? ¿Hasta cuándo se puede permanecer inmóvil? ¿Dónde están las pautas de intervención?

Ya va para diez años. Un día, husmeando entre los singles nuevos en Radio Miajadas, preparando mi programa de los viernes, encontré ‘Something for the Weekend’ y Mariángeles me dijo que lo escuchara, porque era tan raro que me iba a gustar. He de reconocer que al principio me resultó demasiado estrambótico hasta para mí, y no era más que falta de familiaridad con el registro.

El caso es que perseveré, sobre todo con las caras B de aquel single entre las que estaba, si no me falla la memoria, ‘Songs of Love’. El resto, como se suele decir, es historia. Mi historia con The Divine Comedy.

Neil Hannon sacó, durante los 90, una joya tras otra (especial mención a Promenade, 1994; Casanova, 1996; y Fin de Siècle 1998), hasta completar un recopilatorio digno de una verdadera estrella del pop por méritos propios: A Secret History (About Love), 1999. Personaje irónico y cínico donde los haya, lleva ya más de una década paseándose delante de todos nosotros con esa voz grave, y un estilo deudor de otros grandes que le han precedido, como el Scott Walker de los 60, con quien tiene en común no sólo una voz grave, sino también el gusto por la poesía y por magníficos arreglos orquestales que constituyen canciones hermosas, sobre melodías solidas y cuidadas al detalle.

Hannon nos ha ofrecido, con este que hoy me ocupa, un total de tres discos en lo que va de siglo. Un exiguo Regeneration (2001) al que le falta alguna pizca de… algo (ya sabéis, cuando le falta algo a un disco y por más vuelta que le déis no sabéis qué es exactamente); un más que aceptable Absent Friends (2005) y un muy apreciable último trabajo hasta la fecha que se presenta con el single ‘Diva Lady’ (que os he puesto al principio de este artículo) y que figura bajo el literario título de: Victory for the Comic Muse (2006).

El nuevo trabajo de este irlandés, que ha gustado siempre de mirarlo todo con una media sonrisa, representa una vuelta a la delicadeza y a la orquestación, al barroquismo del mejor Hannon de los 90 (ese que servidora habría dado cualquier cosa por ver, orquesta detrás, con sus gafas de sol y su traje de chaqueta de aire antiguo). Ahora vuelve a la melancolía ejemplar, tal y como nos la presenta en ‘A lady of a certain age’, o a la alegría de juguete de piezas instrumentales como ‘Threesome’. Y, por qué no, homenajes literarios como ‘Arthur C. Clarke’s Mysterious World’… Mucha cosa por desentrañar en este nuevo trabajo.

- Señor Hannon, un digno disco para celebrar nuestro décimo aniversario juntos.

© Foto: Isaac García

es tiempo
de dejar
la mirada
perdida
en la luz
ceder
al recuerdo
de una vez por todas
saltar
al silencio
© Foto: Isaac García

te sentaste y miraste hacia nosotras
sin dejar un solo hueco a la negación
con los alfileres de tus pasos
y los cortes futuros de tus joyas

te encontramos despacio y te atamos
deprisa

acero azul

© Foto: Isaac García

esta noche te estaré esperando
ya sabes donde siempre de aquella manera
saldremos más tarde
nos tomaremos unas copas quién sabe
quizá champán sobre una alfombra roja

vamos a desafiar al equilibrio escaleras abajo
sobre una tabla falsa
aquí no hay socios que nos miren el culo

sólo amigos borrachos


© Foro: Isaac García
la lividez de las ciudades se manifiesta
en la suave ausencia de sus cadáveres
días de negro y caras blancas
bajo un tendido eléctrico inmune

la lividez de las ciudades
el ombligo plata de las piedras

Y Sonia me trajo esto: Final Fantasy.


Una de los actos más tristes que puede llegar a perpetrar un ser humano en su vida es quedarse a hacer tiempo en la oficina en uno de esos días en que ha quedado y no sabe qué hacer hasta el momento de la cita. Sobre todo, cuando no tiene trabajo que sacar, porque es época de escasa actividad, y por si fuera poco debe aparentar que sí lo tiene.

No obstante, estos ratos tontos le permiten a uno percibir la oficina de forma diferente, tener una visión nueva, rara. Y entiéndase ‘visión’ en su dimensión más exaltada, porque es como si de repente un nuevo mundo ignorado abriera sus puertas de par en par para absorberle a uno. Una epifanía de moqueta, Pladur® y cristal transfigurados. Las cosas suenan como acolchadas y el aire tiene una densidad distinta en este momento cumbre en el que es obligado entornar los ojos… a causa de la resecación que el aire acondicionado de toda una jornada laboral ha causado en las mucosas oculares.

De repente las estancias son prados y el señor de recursos humanos, aka Mr. Wolf, un explorador silente que otea desde la puerta del despacho una impresora lejana cuyo musitar, otrora disimulado por el ir y venir de la vida en su apogeo, llega ahora con claridad a sus oídos. Vamos, Mr. Wolf, hay que limpiar la improductividad.

Las ventanas son pantallas indiscretas que enseñan sin pudor otro mundo (im)posible: la A1, donde rige otro tempo y la existencia es transcurso. O discurso, según se hable uno a sí mismo de la lentitud de la tarde.

Con el iPod a un volumen aceptable, de repente uno se sorprende a sí mismo cantando en voz alta Wake Up Boo, de los Boo Radleys. Irónicamente fuera de lugar.

… pero si lo haces, que sea por favor con una canción tan bonita como esta. Un poco de pop de juguete para una tarde de domingo tan necesaria como un boca a boca para re-digerir a Marguerite Yourcenar, una vez más, después de la nada despreciable interpretación que Pepe Sancho ha logrado hacer del bueno de Adriano.

Mínima alma mía, tierna y flotante, huesped y compañera de mi cuerpo, descenderás a un semisótano de paredes empapeladas y psicodelias revisitadas con claridad y calma, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño e instalarte en la mirada perdida de una chica con flequillo y boca rara.

Próxima estación, Rosenvinge.

Laura Segovia presenta su última colección de joyas, con sus diseños más personales y vanguardistas, como era de esperar habida cuenta del pedazo de artistaza que es. Voy a ser una de las modelos del pase. Aquí la invitación. Aquí mis mejores deseos.

Este es el centro de operaciones, el principio y el final, donde empiezan las palabras y terminan los momentos. Este es el lugar en el que agotamos las esperanzas que nos hacían confiar en el estiramiento del presente. Este es el baúl donde se guardan todos los olvidos junto a los ovillos de lana vieja y áspera que sólo servían para que jugara el gato, quien después de muerto todavía suele visitarnos algunos domingos de resaca. Este es mi hueco y mi habitación, por donde doy mis mayores paseos, tropezando una y otra vez con las mismas piedras ajenas. Este es mi monedero y esta mi botella, que hasta hace nada estaba llena de agua mineral.

Ahora, tengo que ir a hacer pis.

He actualizado desprendimientos de palabras, que falta le venía haciendo. Uf. Lunes. Qué pereza da todo lo que todavía queda por hacer esta semana.

El final de la dieta de control de peso no ha venido dado de forma natural, sino provocado por una leve alergia que en principio atribuí a la comida de estos días, y al final ha resultado ser una reacción por contacto con una crema nueva. Sea como fuere, tropezón al final.

No obstante, hubo un momento muy grato ayer, cuando recibí la noticia del premio literario recientemente concedido a Beatriz Russo, la cual dentro de poco nos estará subiendo las temperaturas con su nueva novela.

Ayer terminé por fin de leerme los libros que tenía atragantados desde hacía meses. En primer lugar, Los papeles de Aspern, de Henry James, uno de estos libros pequeñitos que se le atragantan a uno sin saber bien por qué, si al fin y al cabo son pocas páginas y la historia no fluye mal… Pero ocurre. Qué le vamos a hacer. En definitiva, se trata de un cuento que habla de hasta dónde nos puede conducir la ambición y lo mezquinos que podemos llegar a ser sin pensar que lo estamos siendo en lo más mínimo, porque creemos que nos animan causas sublimes. Habla del caso particular de un editor británico, que viaja a Italia en busca de los manuscritos del poeta más grande de todos los tiempos (a saber, Jeffrey Aspern), quien en su día había dejado gran cantidad de papeles a una antigua amante, ahora una anciana acompañada por una sobrina solterona. A lo largo de apenas 125 páginas se narran las peripecias del editor y su relación con las dos mujeres en pos de los papeles de Aspern.

Editor neurótico en busca de best seller, con la vista puesta en la feria del libro.

El segundo es una espesa y decepcionante novela de historia-ficción (dícese del género basado en la suposición y la conjetura sobre la historia realmente acontecida, si tal o cual acontecimiento puntual no se hubiese producido o hubiera acontecido de otra forma, conforme al paradigma de “¿y si…?”). En La conjura contra América, Philip Roth especula sobre la suerte que habría corrido Estados Unidos, sobre todo su población judía, si el aviador republicano y pronazi Charles Lindberg hubiese llegado a la Casa Blanca en 1939. Interesante por su capacidad de introspección, pero decepcionante por su lentitud y densidad, cuando promete ser una novela de intriga intensa y, también, por lo que parece ser una apuesta arriesgada en el tratamiento de la cronología y acaba siendo, en muchas ocasiones, un barullo insufrible o un momento spoiler sin precio ni vergüenza.

En fin, una de cal, otra de arena. ¿Y ahora? Volvemos a Durrell. Oh Egipto, el ancestral calor de Alejandría y las miasmas del Mareotis, con ese regusto a Kavafis detrás de tantos párrafos…

¿Os pensábais ya que me había rendido? ¿Habíais tomado mi ausencia por una claudicación? ¡Pues no! He pasado el puente encerrada en casa viendo DVDs para no padecer con las tentaciones del mundo exterior, y aquí llego… Con aproximadamente 5 kilos menos.

Mañana es mi último día.

Y hoy tengo una entrevista de trabajo.

Séptimo, octavo y noveno día, sin canciones.

Soy alrededor de tres kilos menos de persona, completamente desquiciada y asocial. Hmmm. Aún me queda alrededor de una semana. Ay, en el ecuador. Gracias por esas muestras de ánimo.

Sexto día, canción de David Bowie (versionando a Jonathan Richman).

Lo peor de buscar en la basura de otra persona es que te sueles acabar encontrando con lo que no deseas. Sobre todo, con las cosas que ocurren al margen de uno.

Nadie tiene el alma limpia.

Menos mal que siquiera tengo la parte de atrás de mi cerebro, donde escondo los demonios que nadie conoce.

Todavía no puedo creer que con mi glotonería, mi natural tendencia a la inconstancia y mi inclinación hacia la nevera en momentos de crisis, haya llegado hasta este punto, donde ya se empiezan a apreciar los resultados. He superado los cumpleaños, las cenas ajenas y la vastedad del género del Hipercor, los ratos a solas y los encuentros sociales.

No me creo que esto sea yo.

Quinto día, canción de Chucho. (Cómo me llegó al corazoncito en su día aquello de ‘la ciencia ficción / es ese futuro que lo seguro / es que ya no seremos jóvenes’.)

Lloro. Lloro por los rincones. Jamás nadie echó tantísimo de menos los sabores y las texturas. Además, hay que tener en cuenta que quedo enteramente expuesta a la tortura que supone enfrentarme sola ante la mesa puesta de un cumpleaños, la vastedad del género del Hipercor o, sencillamente, el humilde olor que desprende cualquier panadería.

Toño está cenando lasaña.

grñgrkñgrrrrññññññ

Cuarto día, canción de Second.

No es exactamente hambre. No paso hambre. Es otra cosa, es gula. Y la culpa de todo la tiene la cultura, aunque por mi parte no puedo negar que echo de menos los sabores y las texturas (ayer salivaba como un animal al ver cenar a Toño nuggets con patatas).

Ayer le decia a Toño que de repente me he dado cuenta de hasta qué punto la socialización gira en torno a la comida, y me decía que eso es una prueba de que uno se está haciendo mayor. Llamaba mi atención sabiamente sobre que antes tratabas de comer o cenar cuanto antes para bajarte con los coleguillas, y el fastidio que suponía marcharse por culpa de una comida (’es que me tengo que ir a comer’, ‘me llama mi madre para cenar’).

Ahora, nos decimos: ‘ey, quedamos a cenar y luego, si eso, nos tomamos unas copas’. Quedamos a cenar con los amigos, comemos con los compañeros de trabajo, las convocatorias matinales de prensa ahora se llaman directamente ‘desayunos’ y en las de por la tarde no suele faltar de picar, cualquier presentación que se precie tiene un vino de honor o un pincho en el que charlar después… Ya sabéis. O mejor, ya creéis que lo sabéis, pero no lo sabréis bien hasta que no tengáis que absteneros en todas y cada una de esas ocasiones.

Que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde.

Por cierto, ayer me compré el libro de Rafael Reig, Manual de literatura para caníbales, en el que da buena cuenta de los vicios y virtudes de los personajes más destacados en la literatura española de los últimos dos siglos… Y ya me lo ha robado Toño.

Estoy creando un monstruo.

Tercer día, canción de Death Cab For Cutie. En directo.

Ayer se nos fue la mano en la proporción de pimienta, y la garganta escuece. Como cuando has perdido algo valioso por haber hablado más de la cuenta. Igualito.

Es en una de estas situaciones cuando uno se da cuenta de hasta qué punto la vida social que se desenvuelve alrededor se articula en torno a la comida. La mayor parte del tiempo de ocio tiene que ver con comida: el previo de la mañana que es el desayuno, la comida del mediodía normalmente compartida, esas cañitas del mediodía o de la salida del trabajo acompañadas por algo de picar, la cena como colofón y repaso de la jornada en la que echar cuentas de lo vivido y ultimar los planes del sinvivir…

Y todo esto sin contar que, dentro de las tareas domésticas, muchas de las actividades tienen que ver con comida: cocinar y hacer la compra sobre todo, pero también fregar los platos que has ensuciado al comer o limpiar la cocina que ensucias al cocinar.

Hmmm.

Todo iba muy bien hasta que vi
la foto de los nachos con guacamole.

Jamás he sentido tanta ansiedad por precipitarme a devorar una ensalada verde con champiñón crudo.

Segundo día, canción de Happy Losers.

Mi desayuno consiste, durante estos días,
en cantidades ingentes de deliciosa piña al natural.
Un desayno de campeones que me prepara para afrontar
la jornada con todas sus visicitudes físicas y mentales.

Amanecemos en lunes de semana larga, de las de verdad, de las de cinco días. De nuevo el tren y las dos horas de trayecto de ida + las dos horas de trayecto de vuelta. Asco de humanidad hacinada en la puerta de los vagones que impide entrar a quienes van tres paradas más lejos que ellos… Por qué, si se bajan todos en la misma parada, tienen tanto miedo a no poder salir del tren a tiempo. Lo cierto es que, al contrario de quien crece y se hace más responsable, a mí cada día me resbala más adelantar cinco, diez, quince minutos… Cuando llegue, habré llegado.

Hoy nos relajamos porque el flujo de trabajo desciende y puntualmente nos preguntamos de dónde podíamos sacar la asfixia de hace una semana. Pronto encontramos la respuesta: de la ineptitud ajena, que llega, como es costumbre, haciendo temblar suelo y pared personificada sobre unos tacones de Gucci, una hora más tarde que el resto de nosotros, viles mortales.

(Oh! Miserias humanas.)

Tal día como hoy la fuga es imposible, la semana que empieza te atenaza los miembros y te recuerda todos y cada uno de los episodios de tu vida que han supuesto un fracaso, muchas veces seguido de otro fracaso. Y sólo queda repetir la frase que tengo justo detrás del monitor del ordenador, por eso de que es hacia donde más miro: NO MATTER WHAT HAPPENS, ONE DAY YOU WILL BE DEAD…

En cambio, hoy pesa menos el estrés por la presión de la generación anterior, la más egoísta que se haya conocido jamás, la que nos ha dejado hechos para un mundo hecho por y para nuestro bien, los que nunca se enteran de nada pero saben cómo podemos/debemos ser felices, los que nos han tapado la mayoría de las salidas dándonos ‘más oportunidades’. Hmmm. Hoy no pesan tanto. Hoy la carga es liviana porque únicamente hay que cargar con el crimen, obviando por un rato a los culpables. Hoy los culpables dan igual… Esto es lo que hay, qué más da la mano.

Hoy es el primer día para empezar un proyecto de mujer nueva, que le preste más atención al mundo, discrimine con mejor ojo, decida más resolutivamente, afronte con entereza los casos vitales abiertos y beba al menos dos litros de agua al día.

Y no pienso abandonar el tabaco.

Rezad por la salvación de mi alma y por que me llegue el borrador de la declaración de la renta. Más bien por lo segundo, puesto que representa una fuente de angustias mucho mayor, y ya se sabe que no hay más condena que la angustia que uno arrastra.

Ains.

Primer día, canción de Farrah.

Jueves noche, hogar noremorse:
AURI: El lunes empiezo la dieta del sirope de arce con Sonia y Vanesa.
TOÑO: ¿El sirope de arce es ese bote blanco que hay en la cocina, que parece de veneno?

Al mismo tiempo, en una grada del Palacio de Vistalegre:
SONIA: El lunes empiezo la dieta del sirope de arce con Auri y Vanesa.
JAVI: ¿El sirope de arce es ese bote blanco que llevas en la mochila, que parece abono para plantas?

Simultáneamente, en algún rincón de Leganés:
VANESA: El lunes empiezo la dieta del sirope de arce con Auri y Sonia.
ANTONIO: Eso no puede ser bueno.

Crear es devorar el mundo, hacerle la digestión y a) crecer o b) vomitarlo. Cuando ya lo has devorado todo de un objeto y no tienes más ni repones con otro, te devoras a ti mismo. Consecuencia: paulatino adelgazamiento del alma.

Momento snooker al hilo de que hace varios días se celebró el Campeonato Mundial (con triunfo de Graem Dott contra Peter Ebdon, en una final que aburrió a las ovejas)… Que trae a colación al más digno representante de este deporte: Ronnie O’Sullivan. Un tipo increíble acompañado por un nombre de sonoridad británica perfecta: ro-ni-o-sú-li-van. ¿Se imagina alguien lo que puede ser ir a tomarse una cerveza con alguien como Ronnie?

Ronnie O’Sullivan contra Mick Price. 1997. Ronnie se marca un break de 147 puntos en… ¡7 minutos! Qué grande es.

Ustedes lo disfruten.


Todo parece abrirse y, al pasar por Chamartín, hay menos luz de la que debería para la hora que es.

Es la hora del desastre vital repetido, del eterno retorno a los lugares y las cosas, un momento más en la gestación de una rutina como un abismo como un espejo.

No es de día pero esta opacidad de ánimo no cabe en la palabra penumbra. No es de noche pero sólo hay color azul.

El deseo está donde no debe ser puesto y hay hilachas del sueño de anoche prendidas de la certeza de casa vacía. Ese hogar siempre en la mente y tan sólo a veces en presencia, por lo poco que se pisa, mientras se va anegando de fantasma y bolas de pelo y polvo (bolisas). Algunas estribaciones neuronales pueden llegar a oler el viento que ulula por un pasillo yermo de pasos, donde se traza en silencio el cadencioso recuerdo de unos pies otrora amigos.

Las sombras del andén amenazan con discreción pero sin modales: querrán entrar antes de que nadie pueda salir. En fin, ya hay costumbre.

Sólo hay que temerle a la niebla que se puede encontrar más adelante, esa que te llama en duermevela y te invita a quedarte en el páramo para siempre descansar del trasiego cotidiano. De casa al trabajo y luego a casa y vuelta al trabajo. Quédate y descansa. Esa extraña niebla que te vuelve del revés…

Pero jamás llegué al Ateneo. Me fui a casa a pagar las elevadas deudas de sueño.

Mientras noto cómo el desodorante no me ha abandonado en este miércoles de vuelta al trabajo, sino que más bien hace patente y soberana su presencia cada vez que levanto los brazos, pienso en que da igual lo ridículo que seas, porque siempre vendrán otros y colmarán tu ego.

¿Dónde está la verdad? ¿Dónde la objetividad desde la que se distingue lo mediocre de lo sublime? ¿En los estantes de cosméticos del Mercadona?

Tal vez si concentro el pensamiento en mi axila las ideas no se irán adonde no deben.

Axila, motor del pensamiento.
Dibujo de Glenda Jung.

Hmmm… Hoy podría ser un gran día para volver a casa temprano e intentar hacer sushi con la receta que me contaba Shina el otro día. Cuesta pensar que el sushi pueda reflejarse en una receta, como las croquetas de cocido o el asado de perdices. Pero, claro, tengo que ir al Ateneo con mi buen amigo Borges, y llamar a los amigos de Sanse para decirles que tengo que ir al Ateneo con mi buen amigo Borges, y retrasar las horas de sueño que le debo a mi cuerpo en pago por el artículo sobre Arabia Saudita.

Uf. Tengo todavía la cabeza en la playa en la que no estuve.


Esperar. Acción de largo alcance en el tiempo, en la percepción del que se ve en la obligación o necesidad de verse objeto de su transcurso. Esperan los demonios en el fondo de las alcantarillas, como espera el opositor, como espera la madre del soldado. Esperar es la tierra baldía donde sólo germinan los miedos cuando se enquistan las esperanzas.

Qué gran puente puente envuelto en la voluptuosidad de no hacer nada.

(Pincha sobre la imagen)

rozar el mundo con la palma de la mano
(sin medidas de seguridad)
es un experimento
y entraña mayor peligro que deslizarse
con balanceo de caderas
cuando uno siempre ha tenido costumbre
de impactar contra todo a su paso
ya por exceso de volumen
o de historia por contar

claro

un alma demasiado gruesa
no cabe en un campo de nombres

Desde otear de manera más o menos descarada el periódico del pasajero de al lado, hasta leer de pé a pá las estadísticas de los blogs ajenos, todos, absolutamente todos tenemos una inevitable tendencia a ser cotillas.

Tratamos de querer saber de todo lo que se cuece y está a nuestro alcance, aquellas cosas que, interpretamos, se encuentran fuera de la frontera de lo privado por desarrollarse en el espacio común. Tratamos de conocerlo por el mero hecho de que nuestros sentidos alcanzan a percibirlo. Y nos decimos que no es como entrar en la cuenta de correo de otro y leer su correspondencia privada, ni husmear en el cajón de la ropa interior de tus tías solteronas. Pero, ¿y si la carta está sobre la mesa? ¿Y la faja sobre el sofá?

El hecho de que estas acciones estén a nuestro alcance las libra de toda censura, pero el hecho de que las llevemos a cabo manifiesta igualmente nuestra natural tendencia fisgona. Es algo que se aprecia sobre todo en las conversaciones, fundamentalmente en las que mantienen otros. ¿Os imagináis que las orejas pudieran crecer en la misma medida que el interés por escuchar las conversaciones de los demás?

El caso es que miramos siempre más allá de lo que nos corresponde, amparados por argumentos tales como ‘si quieren que sea privado, que se lo guarden mejor’. Diariamente nos podemos constatar a nosotros mismos nuestra falta de discreción.

Y mientras, por el camino, vamos desgranando conductas ridículas.

Dentro del catálogo de las miserias humanas, brilla con especial intensidad la prisa. Pero no el tener prisa por llegar al hospital a parir, o el tener prisa por llegar a la plaza a nuestra primera cita con esa persona tan especial. Hablo de la prisa crónica. Un fenómeno en absoluto inofensivo.

La mayoría de los que vivimos en ciudades lo notamos cuando salimos fuera: es cierto, llevamos un ritmo diferente, nos hemos acostumbrado a funcionar a más revoluciones porque, al tener que hacer tantas cosas y que perder tanto tiempo en desplazamientos, debemos emplearnos a fondo para que quepan todas en el menor intervalo posible.

Pero hay quienes por propio mérito constituyen casos de estudio. Y no son pocos sujetos.

La prisa puede ser asumida dentro del carácter del individuo, y traducirse en frenesí cuando la situación lo requiera e impaciencia cuando se encuentre en ambientes más calmos. Esto último hace que la persona que adolece de prisa crónica pueda ser desagradable de tratar. En última instancia, insoportable, por cuanto las prisas pueden obrar en su comportamiento anulando cualquier atisbo de educación y sentido común.

Me gustaría hacer notar que la prisa crónica puede presentarse asociada a determinadas obsesiones. Destaca sobremanera la fijación por llegar a tiempo al trabajo, que empuja al sujeto a arrojarse en hora punta a la multitud y hacer la presi