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Salvo en la tienda de chuches del sitio donde para el autobús que va y viene de mi pueblo. Siempre que viajo allí me compro una de esas chocolatinas de mi infancia como homenaje a todo lo que no vuelve, pero permanece tercamente en el recuerdo.
Así ha sido con todo, y ahora también lo será con las Jornadas de Poesía Última de la Fundación Rafael Alberti. El Puerto de Santa María seguirá en las mismas coordenadas del mapa, pero ya no será lo mismo. Han sido diez años (para mí, en realidad, sólo ocho, que no son pocos) en los que acudir una y otra vez a la cita ineludible, en una suerte de peregrinaje devoto, no tanto ante la memoria de Rafael Alberti, como ante todos los congregados en cada una de las ediciones.
Prácticamente una década de amigos, borracheras, conversaciones surrealistas y magia de esa que hace que las personas conecten entre sí y se conozcan como si hubieran hablado entre ellas durante meses, sin parar. Una década de cuerpos, de sabores, de palabras. Una década que basta y sobra para exhibir una buena muestra de la cursilería más descarada en este post, para instigar otra de esas cansinas reflexiones sobre lo que desaparece como las lágrimas en la lluvia de un Replicante cualquiera delante de un cuaderno o de un teclado qwerty.
Nos hemos hecho mayores. Unos más calvos, otros más valientes, la mayoría más gordos. Y en el balance final, poesía para todos y frases a gritos para quien quiera escuchar, además de algún que otro libro publicado o por publicar (y esto, como todo, ya es otra historia). En fin, detritus de sentimentalidad reprocesada con la más firme de las voluntades artísticas… Y compartida, que era lo importante.
Todo tan distinto. Ninguno de nosotros era de allí. Y sin embargo era como el hogar.
The enemy - This Song
Posdata: este no es un post para que me digáis dónde puedo encontrar la chocolatina.

… debe de ser el de un caramel macchiato tamaño XXL con extra de nata y caramelo. Os mando, a todos, uno de estos bien calentito, aunque sea virtual, para que las Navidades os resulten dulces y calóricas de mi parte.
Momento de hacer un poco de repaso del año y tal… Y ver algunos datos, como que ya supero las 30.000 visitas desde que mudé el blog a WordPress, hará poco más de año y medio, lo cual está muy bien para mis modestas aspiraciones como blogger. Que la media de visitas diaria no ha hecho más que aumentar. Que las descargas de “Deseo” van viento en popa y que lo único que haría falta es que servidora publicara con más frecuencia. O que la palabra clave en buscadores por la que la gente llega mayoritariamente a este blog no es “Desprendimientos”, ni “Retina”, ni “Deseo” ni siquiera mi nombre… sino “Gozdilla”. Vivir para ver. Es lo que tiene la interné. Y es lo que tenéis todos vosotros, los que leéis este blog y con ello me ayudáis a configurar la que creo que es la única actividad donde puedo decir que soy constante esta vida… A todos, gracias.
También llega el tiempo de hacer propósitos para el nuevo año. Al hilo de esa ¿sana? costumbre de hacer listas, he comenzado un pequeño proyecto de blog en “El Polvorín” a la salud de mi buen amigo Pepe Ramos: la chica lista. Espero poder enumerar muchas realidades y que vosotros me aportéis lo que estiméis oportuno, sin que por ello este blog deje de contar con sus actualizaciones pertinentes.
Tenemos todavía por delante muchos viajes que compartir. Sólo acabamos de empezar.
El otro día, enredando por nuestra biblioteca de iTunes en casa (esa que tengo hecha unos zorros, cosa que saca de quicio a Toño, y con razón), me encontré de bruces con una canción que hacía siglos que no escuchaba, y de la que me había olvidado por completo. Fue un auténtico momento “magdalena de Proust”, o quizá fue más bien como encontrarse con un viejo conocido con el que llevabas cantidad de tiempo sin hablar pero que te caía muy bien. Y se me clavó una astilla de tiempo en el pie derecho… un pedazo de 1998, posiblemente el único año de toda mi vida por el que siento verdadera nostalgia… La adolescencia fue como la de todos, o yo qué sé, pero tuvimos una postadolescencia bastante maja, ¿verdad?
Entre tantas otras cosas, era la época en la que no necesitaba mirar el All Music Guide para acordarme con absoluta precisión del año de publicación de una canción, de su orden de salida como single en el álbum al que perteneciera, de su intérprete, compositor y hasta de los productores, antes de que mi base de datos mental sobre pop y rock de las últimas tres décadas saltara por los aires.
Aunque bueno, aún conservo algunos vestigios… Momentos de iluminación que experimento sin venir a cuento cuando menos lo necesito. Y cuando menos pertinente es, como la mayoría de mis “salidas” extrañas.
Es lo que tiene almacenar en esta cabecita ingentes cantidades de información inútil.
Jo.
Videoclip de Murfila. Los quecos molan todo, que diría alguien que yo me sé.
Esta mañana estaba yo tal que así, como con la cabeza echada hacia un lado, frente al ordenador, pensando en las ojeras moradas que el espejo del cuarto de baño me regalaba a modo de buenos días según empezaba la jornada, cuando tuve una de estas revelaciones que sólo le sobrevienen a uno en los momentos de mayor trance y somnolencia (lo cual dice muy poco a favor de casi cualquier revelación, y aún menos a favor de todo místico), de las que te hacen vislumbrar la verdad primigenia que subyace a todo, de las que te conducen tras el aroma del Absoluto, de las que ponen en tus manos las claves del sentido de la vida…
Y de repente se ha ido la luz, dejándome frente a mi propio yo sobre un monitor en negro.
Y he maldecido al demonio de los archivos no guardados, y después a aquel otro tan gracioso que te recupera el documento que no es.
Y se me ha olvidado lo que quiera que estuviera “viendo” exactamente.
Y me he quedado igual de así, con la cabeza echada hacia un lado, apoyada en la mano.
Y me he echado una cortina de pelo delante de los ojos y me he rendido a la Nada.
Y me he levantado a por un café… Como se puede suponer, el fallo eléctrico también había afectado a la cafetera.
Al pueblo, que es el cumple de mamá. Y mientras dejo aquí esta canción que soy incapaz de quitarme de la cabeza.
Me lo monto con escuadra y cartabong

Hoy jueves he comenzado a despedirme de mis compañeros repartiendo, a modo de herencia, algunos de mis juguetes. Ya sabéis, esas cosas tontas que pueblan la mesa de uno y que van aumentando en número conforme se acumulan los días del calendario en un mismo puesto de trabajo… Aviones promocionales de TNT, montajes de Photoshop pegados en cartón pluma y firmados por los compañeros con ocasión de cumpleaños y demás, postales de navidad graciosas que perduran estación tras estación, muestras de regalos promocionales de algunas campañas… Entre estos últimos está mi San Blas de Dubrovnik, del que ya escribí en alguna ocasión, y que es sin duda de todos el más querido junto con las cositas que me ha ido regalando Amores (y que son las que me llevo conmigo).
He llegado a pensar si no sería mejor dejar a mi representativo San Blas allí, porque tal vez es dentro de esa oficina donde tenga significado… O quizá no, quizá deba llevármelo para recordar las jornadas de trabajo agradables de risas y de imposibles surreales que he vivido y que no son más que metáfora y metonimia de la propia vida. No sé, quizá lo decida mañana sobre la marcha… Mi San Blas. Recuerdo que cuando al fin conseguí esa estatuilla fue la misma sensación de haber ganado un Óscar. ¿Habrá alguien capaz de darle el sentido que yo le he dado todo este tiempo? El tiempo pasa muy deprisa, y las personas todavía más; a lo mejor se encuentra solito, como un objeto más entre tantos, cuando hayan pasado los años y ya nadie se acuerde de ‘El Idioma de la Financiación’. No sé.
Qué apego le cogemos a los objetos, ¿no?
Hoy he vivido el día desde un suburbio de mí misma, tomando consciencia de mi marcha y pensando en cómo voy a echar de menos las caras y los gestos. Las cosas buenas que me gustaría decir, pero que me voy a guardar, serán un tesoro que conservaré para siempre conmigo, y que será, seguramente, el punto de partida desde el que sospechar que la vida pudo no ser vida sino sueño o invento. Cosas. Amor. Desgana. Laxitud de los jueves por la tarde y sonrisas de ejecutivos de cuentas.
[En el corzón del sueño bailan a placer los peores monstruos. ¿Alguna vez has soñado que ves al Diablo en persona?]

Una visión: un hombre en un BMW blanco a las 4 de la tarde, en una carretera brillante acotada por campos de colores diluidos en el girar demasiado rápido del mundo. Primavera y deseo. El olor nauseabundo de las flores que empiezan a pasarse y cuentos que todo el mundo conoce.
El hombre es moreno, alto y algo deforme, pero su cara es perfecta y guarda todo el atractivo de una buena venta. Es capitán de un barco y un mentiroso compulsivo capaz de arrastrarnos a todos al final de todas las historias. Hasta que no quede nada. Hasta que sólo quede carne.
Uno se pregunta cuánto vale un amigo para ese hombre y aún más: cuánto vale un amante. Pero no cuanto cuesta. La ambición queda más allá del dinero, como dos cruces más adelante, una vez pasado el desvío del cariño inocente que no tiene moneda de cambio y la vía de servicio de los prejuicios sexuales que quedaron atrás, camino quizá de Barcelona, cuando la vida era vida.
La ambición lo supera todo, e incluso se despega del suelo en un vuelo atronador bajo un cielo tan limpio que asusta. No hay manchas que rompan la composición, los volúmenes son los justos y el alma parece nueva, tanto que puede usarse para escuchar las cosas que a uno más le apetecen…
El hombre avanza kilómetro tras kilómetro y el paisaje no cambia, ni cae el sol hacia el oeste ni hacia ningún otro lado. Todo está suspendido y a la vez en movimiento como sólo lo están las obsesiones recurrentes en las cabezas enfermas y en las caprichosas y en las infantiles.
Y no hay música. No quieres que suene música. Sólo quieres que te lleve con él. A la nada. Al infierno.
El mundo es una colección de fragmentos a los que vamos alcanzando con la vista uno tras otro, de modo que lo que hacemos con uno en concreto obrará sobre los posteriores y estos a su vez con los aledaños de modo que la vida alcanza una complejidad tal que asusta. Que abruma y le deja a uno pasmado, vamos.
Pero todo aquello a lo que no se llega ni con el conocimiento ni con lo que quiera que sea que lata dentro (eso que es capaz de intuir pero no acierta a definir), no está exento de cierta magia, y no por sí misma, sino que se la otorgamos nosotros, como mecanismo de defensa; como para hacer que en lugar de que duela o asuste, nos cause curiosidad, alboroto, extrañamiento sin espanto.
Con ello, además, le damos a esas cosas una dulce notoriedad, como los ‘algos’ de los que se nutren nuestras fantasías. La mente juega con ellas y se divierte; se acerca, arrima la zarpa como un gato cachorro ante un ovillo de lana…
Son las cosas que acaban encontrando su lugar entre el momento en el que apagas la luz de la mesilla de noche y el principio del sueño.
Arcade Fire - No Cars Go
Sé que habrías deseado que el chico volviera también tarde de comer, y que se hubiera ido antes de su hora, para poder anotar más faltas en tu lista… Negruras que añadir a la reiterada impuntualidad que esta mañana ha acabado estallando por los aires.
El chico no es mala persona. Solamente es tonto. Tan tonto que se ríe de nosotros por no saber engañarte como él lo hizo para sacarte todo ese dinero que ahora nos restriega en las narices. El chico sólo es un caradura imbécil, porque si por lo menos fuera listo a estas alturas todavía te duraría el enamoramiento y obviarías todas las faltas que le asoman, las que pagamos nosotros -los demás- y de las que, por no haber sabido detectarlas a tiempo, ahora te avergüenzas. No me extraña. Es más, creo que posiblemente te lo merezcas por lo mal que lo estamos pasando los que quedamos.
Tan sólo, procura no hacer demasiadas preguntas a los que permanecemos a tu lado, no vaya a ser que no te gusten las respuestas. Sobre todo si son preguntas inmorales y fuera de lugar.
Entre las muchas cosas que uno puede meterse en la boca, destacan con brillo especial las canciones que uno adopta como neurosis obsesivas en sus largas jornadas de trabajo. Canciones, muchas, que no necesariamente eliges tú, sino que son escupidas por los equipos y los gustos más que dudosos de los compañeros de oficina. Canciones, otras, hermosas y amables que uno logra imponer sobre las circunstancias. Canciones para ir cantando con el repicar del teclado, banda sonora para la cotidianidad al lado de una hermosa ventana, y que luego es imposible sacarse de la cabeza. He aquí, una pequeña lista heterogénea e improvisada de canciones adhesivas:
- Billy Idol - White Wedding
- Ian Dury & The Blockheads - Sex & Drugs & Rock & Roll
- The Long Blondes - Giddy Stratospheres
- Pet Shop Boys - Shopping
- Razorlight - America
- Rainbow - I surrender
- Beck - Black Tambourine
- Level 42 - Lessons in Love
- Los Brincos - Mejor
- Robert Palmer - John & Mary
- Dr. Explosion - La Chatunga
- Ronan Keating - Life is a Rollercoster
- Duran Duran - Wild Boys
- Kylie Minogue - in your eyes
- Antonio Orozco - Devuélveme la vida
- The Human League - Don’t You Want Me
- P.I.L. - This is not a love song
- The Cure - Just Like Heaven
- The Beatles - Julia
- The Fran and Walters - This is not a song
- ABBA - Voulez Vous
- The Divine Comedy - Tonight we fly
- Boo Radleys - Wake up boo!

Uno se siente de verdad tan tonto cuando mira atrás y ve las cosas en las que se ha equivocado… Sobre todo, a uno se le queda especialmente cara de gilipollas cuando piensa en gente a la que ha ayudado y que luego le ha fallado sangrante y estrepitósamente. Claro, que de eso él sabe mucho más que yo, y se queja mucho menos porque es un bendito y tiene más honor y más moral que la gran mayoría de todos nosotros. A él que me escribe le escribo yo hoy, día de inicio de la semana en la que cumple felizmente años, aunque a personas como él habría que felicitarlas día sí y día también por ser como son, y darles las gracias por cómo saben llevar los desagradecimientos y a pesar de todo permanecer enteramente asido a una realidad que, poblada por quien esté poblada, es indiscutiblemente la suya, y permanecerá en ella por más tiempo que todos los demás. Él será el único que prevalezca, el que más crezca y el que más publique para, en proporción, dejar mejor obra, porque tiene más voluntad que todos, es más generoso y es sin duda mejor persona. Y yo seré feliz de verle ahí, mientras discretamente me retiro del escenario, porque yo no soy como él, no soporto las cosas que me hacen sentirme incómoda, sobre todo cuando además me hacen sentirme estúpida por perder el tiempo.
Cariño, feliz cumpleaños para esta semana y feliz no cumpleaños para todos los demás días de tu vida que no sean 31 de enero. Y como tú mismo dices: “Ojalá te mueras nunca”.
Es día de tirar la mano y esconder la piedra [sic]. Esta manica gordezuela y pequeña y torpe. Día en el que decirle a Sara cosas que duelen, después de que me trajera una flor, con la intención en vano de que… de que viva la versión de su vida a mí me parece adecuada. Qué egoísta es el amor.
Y qué horrible (en otro orden de cosas) es que a uno le amen sin consentimiento. No sé, de repente me he acordado de este pensamiento. Se lo leí a L. Durrell y me vi reconocida en él, reflejada en los más oscuros sentimientos de desazón que he sentido por culpa de otros en determinados momentos de mi vida. (Donosti 2004.)
Ah, qué cruel me siento. Pero, ¿por qué tendría que ser de otra forma? ¿Por qué o en virtud de qué hemos de merecer algo mejor, si como bien dice mi niña que dice Wittgenstein, “el mundo es como es y ocurre como ocurre”? Si no hay demás ni detrás…
The Killers - Smile like you meant it
“Huele a ese color amarillo que, si te lo comes, te duele la tripa todo el día”, iba pensando esta mañana en el tren. Fuera transcurrían edificios sin acabar y días en ciernes con hierba sucia húmeda de rocío pegada en las suelas. Chamartín, Fuencarral, la Autónoma, la Pontificia. Campiña inglesa de segunda a la izquierda, poblada por un genus loci negligente que apenas ha desperdigado un par de olmos enfermos entre los regatos y las colinas poco pronunciadas.
Ahora tengo delante un bote de marcianos en conserva, resto de una campaña de hace varios años, que flotan verdemente resignados en su líquido amniótico
mirando a las estrellas con sus ojos pintados
distribuyendo los objetos de sus manos entre las distintas dimensiones que conocieron antes de llegar aquí
soportando los ojos azules de mi derecha
retando a lo cotidiano con valor de replicante.
Así es como se fabrican las mañanas, silbando canciones tristes en la terraza de una oficina.





Cuando he mirado hacia la puerta para ver pasar a Didier con su camisa de dragones dorados sobre fondo negro (Cristina me dice que una vez conoció a un francés que vestía bien… yo no me lo creo), la figura de San Blas, próxima en el espacio pero distantemente ubicada hasta ahora en un discreto segundo plano de mi narración cotidiana, ha crecido hasta proporciones de aparición divina en el rabillo de mi ojo. Me ha recordado a las típicas fotos en las que, jugando con la perspectiva, el turista posa simulando sujetar la Torre de Pisa.
Tengo un San Blas en lo alto de la torre de mi ordenador, y él tiene la ciudad de Dubrovnik en los brazos, y la ciudad de Dubrovnik tiene ventanas en distintas alturas, y por su ventanas imagino que se asoman pequeños ciudadanos medievales, y es fácil adivinarlos en sus quehaceres gremiales cotidianos mientras suena una canción de Iron Maiden en el iPod.
La oficina a esta hora, más o menos, cobra textura gelatinosa (el mundo es una aventura sin fin para un sinestésico) y las ventanas son pinturas rupestres con la irrealidad del tráfico fluido como sólo puede serlo en este momento post-ángelus y en la madrugada.
En esta consistente viscosidad ha irrumpido mi San Blas, Sv. Vlaho para los de su barrio y familia, con sus ojillos almendrados etruscoides, como de susto. Por desgracia, es tan increíblemente primitivo e inexpresivo que no hay lectura posible. Sólo pasmo. ¿El pasmo de esta oficina? ¿El pasmo del hombre moderno ante la falta de arraigo en un mundo frenético? ¿El pasmo camisa de seda de un francés atractivo en torno a los 30? ¿El pasmo psicología de hombres y mujeres de empresa? ¿El pasmo silencio estamos rodando? Porque yo sé que me quiere decir algo, algo como que piensa lo mismo que yo pero no le sale la mirada cómplice por más que lo intenta.
¡Ay! ¡Hermes tan escurridizo! Necesito una guía de traducción de santos extranjeros hieráticos al castellano de asfalto, parqué y moqueta, para saber qué tiene en mente este mío que tanto me recuerda (¡ahora caigo!) al Escriba Sentado, patrón de los redactores creativos desamparados…
Arráncamelo todo que ya estoy de vuelta.
(Diapositivas desde Flickr)
Los pasillos, túneles y pasarelas han dejado prosperar mi alma hasta alcanzar de nuevo el hogar, con su wi-fi, su tele por cable y sus ventanas a la calle, con una semana aún por delante para ensayar una y otra vez eso de no rascar bola.

De nuevo en casa. París bien, gracias, eso de la foto es la entrepierna de la torre Eiffel. Próximamente en sus pantallas vía flickr, el reportaje completo con todo el kistch inherente a cualquuer período vacacional con visita a Disneyland, donde la belleza es tan mágica que resulta insalubre (imagina contagiarte de una afección de las vías respiratorias por besar el disfraz de Minnie Mousse).
Como quien juega con fuego: perdiéndole el respeto, con la diferencia de que no quema sino que a lo sumo se diluye; arrancándole el sacro olor con una llamada a la fortuna exigua que no espera respuesta. Porque no es incienso - no huele, y porque no es fuego - es agua y lo mismo que hay sed, para muchos hay ansia.La primera carrera de la mañana en Newmarket, un fondo de inversiones con riesgo, un par de manos más al poker en la mesa de apuestas altas… Qué más da. Posiblemente, ni ansia ni liberación. Indiferencia. Como quien arroja del lado al amante capricho al que ya se ha gozado.
Dinero. Dinero. Inútil para uno pero, por su peso ‘objetivo’ para los otros, cuántas veces tan macabro…
A veces uno se decepciona. Suele pasar cuando espera que algo transcurra de un modo determinado, y al final acaba saltando por los cerros de Úbeda.Pero hay veces en que uno se lo calla, bien por pudor, bien por indiferencia, bien por miedo a que los demás no compartan su opinión. Luego, hay otros que directamente se exilian a purgar estúpidamente noséqué errores que, cometidos por quien no tiene malicia, son perdonables, rectificables, olvidables… Y esto no hace sino aumentar la injusticia, aunque a veces es necesario ver a alguien en la distancia para poder medirlo con perspectiva en toda su grandeza.
Así, el silencio por la decepción puede durar años. Cierto es que ocurre porque no se hace estrictamente necesario hablar, y también porque es procedente que los demás se forjen su propia idea. No obstante, cuando esto último al fin sucede, llega la chispa: la conexión en la que dos (o más) se dan cuenta de que coinciden precisamente en lo más escondido. ‘Sí, a mí también me ha pasado’. Una extraña suerte de comunión.
‘Uf, qué alivio’. Y luego ‘uy, qué tontos’.
Y por cierto, qué buenísimo estaba el risotto.
Ains, cómo he tardado en escribir…
El fin de semana pasado, mientras media España estaba con la vista puesta en una ciudad capaz de gastarse lo indecible para recibir dos días a un señor y que no puede invertir en sus
infraestructuras como para que la gente no se mate, me fui a la sierra a ver a Dylan. Qué cosas, las familias reivindicándose a sí mismas con arreglo (de trasfondo) a criterios de lo que puede o no puede ser, y virginales jóvenes armados de guitarras catequistas destilando buena onda por las calles de Valencia en defensa de la heterosexualidad en las formas (en el fondo, cada cual luego esconde sus trapos donde y como puede, ¡ay de la doble moral de las convenciones sociales!).
Al final, el fin de semana nos dejó a un Papa inteligente, comedido y oportuno (intelectual que es él, oiga). No quiso añadir más ansiedad a la que ya de por sí arrastra una conferencia episcopal desquiciada que, sea por el matrimonio civil entre homosexuales, sea por el proceso de paz vasco, ha olvidado el asunto ese de la separación Iglesia-Estado. Ains, qué materiales son, al final, los asuntos de Dios. Y qué miserables los hombres. Iba yo justamente pensándolo esta mañana, escuchando a Blondie y cruzando el paso de cebra con el temor habitual a la mongolez al volante del personal, después de encajar dos codos a la altura del bazo al intentar bajar del siempre atestadísimo 159.
Pero cavilé: qué coño, es viernes, día tonto y feliz. Tras lo cual, he tomado posesión de mi puesto de trabajo con una sonrisa y me he limitado a dejar a mi mente volar hasta localizar a mi favorito de esta tarde para la primera carrera de Newmarket. Da igual la naturaleza humana, la tiñosidad de espiritu y la lobreguez del oficinista en hora punta. Lo que realmemte importa es que un potro de dos años llamado Dunelight quede entre los tres primeros de sus semejantes en la milla de las 13:30h.
Y volviendo al tema del que pretendía escribir: Bob Dylan, o como diría el amigo Favorite, Su Bobeza. Está mayor ya el hombre, la artrosis le impide sostener una guitarra y nos deja sin su
estampa más característica. Pero tiene el día de buen rollo y nos sonríe y nos dice que se lo está pasando genial y toca ‘Like a Rolling Stone’ y saluda con la manita al respetable. Nada que ver con el Dylan frío y despegado del que tantas veces me había hablado Toño. La banda, enorme. Dice el Vito, y coinciden los demás que estuvieron hace dos años en Alcalá, que cierto es que estaba más majo, pero musicalmente más tranquilote que entonces. Dos años… Marité me hacía ver todo lo que han dado de sí estos últimos dos años en nuestras vidas, aprovechando el trayecto Cabanillas-Villalba camino del campo de fútbol con Javi al fondo despotricando contra el carné de conducir por puntos…
Así empezó mi 25 cumpleaños. La voz del Pollo asegurando que Jesús Gil está vivo y en Florida, con una inmensa camisa de flores, huído de los escándalos marbellíes… (Seguro que ha enseñado a Elvis a jugar al mus y echan su partidita todas las tardes con un par de ancianos exiliados cubanos.) Y con Toño y mi nueva y flamante Play Station 2. Así se estimula la felicidad de una humilde personalidad adictiva.
Una de los actos más tristes que puede llegar a perpetrar un ser humano en su vida es quedarse a hacer tiempo en la oficina en uno de esos días en que ha quedado y no sabe qué hacer hasta el momento de la cita. Sobre todo, cuando no tiene trabajo que sacar, porque es época de escasa actividad, y por si fuera poco debe aparentar que sí lo tiene.
No obstante, estos ratos tontos le permiten a uno percibir la oficina de forma diferente, tener una visión nueva, rara. Y entiéndase ‘visión’ en su dimensión más exaltada, porque es como si de repente un nuevo mundo ignorado abriera sus puertas de par en par para absorberle a uno. Una epifanía de moqueta, Pladur® y cristal transfigurados. Las cosas suenan como acolchadas y el aire tiene una densidad distinta en este momento cumbre en el que es obligado entornar los ojos… a causa de la resecación que el aire acondicionado de toda una jornada laboral ha causado en las mucosas oculares.
De repente las estancias son prados y el señor de recursos humanos, aka Mr. Wolf, un explorador silente que otea desde la puerta del despacho una impresora lejana cuyo musitar, otrora disimulado por el ir y venir de la vida en su apogeo, llega ahora con claridad a sus oídos. Vamos, Mr. Wolf, hay que limpiar la improductividad.
Las ventanas son pantallas indiscretas que enseñan sin pudor otro mundo (im)posible: la A1, donde rige otro tempo y la existencia es transcurso. O discurso, según se hable uno a sí mismo de la lentitud de la tarde.
Con el iPod a un volumen aceptable, de repente uno se sorprende a sí mismo cantando en voz alta Wake Up Boo, de los Boo Radleys. Irónicamente fuera de lugar.















