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Releo los grandes momentos de El Ponente, mientras él canturrea de fondo las cancioncillas de Pepe Domingo Castaño. Y me vuelvo a reir con todo porque este mundillo poético, desde luego, sigue siendo igual. No cambia nada.
El mundo de la blogosfera es inabarcable. No me he molestado en buscar estadísiticas de los blogs que se abren diariamente a lo largo y ancho del mundo, por dos razones: 1) me da pereza y 2) sencillamente son un montón.
Y precisamente porque el internauta medio tiene que afrontar estos dos factores, se agradecen sobremanera las iniciativas de compilación y selección de contenidos que nos hagan la navegación, y la lectura, más cómoda. Sistemas que busquen lo interesante, y a los que dirigirnos para recoger esos artículos buenos, directamente, sin tener que estar separando la paja del grano uno mismo.
Es decir, herramientas que, simplemente, nos traigan hasta nuestras pantallas las “perlitas” de la blogosfera. Así nace perlitas.es, una iniciativa abierta a la participación, donde los usuarios pueden mandar artículos encontrados en sus blogs preferidos y votar por aquellos que consideren más interesantes.
Un nuevo enlace que agregar a nuestros favoritos, con la firme vocación de constituir un referente en nuestro repaso web cotidiano.
Lo normal no existe. No hay una realidad unívoca y universal con la que nos podamos vestir e interpretar los significados de cada cosa. Lo normal somos nosotros, porque lo que quiera que estimemos como ‘normal’ está en nuestras cabezas, y no es otra cosa que un estado de la mente que puede desmantelarse en cualquier momento. Cuestión diferente es hasta qué punto cada cual se puede o se quiere aferrar a sus puntos cardinales; porque da demasiado miedo pensar que el mundo no es como lo pensamos.
J. G. Ballard ha sabido detectar esta tendencia humana, analizarla y explotarla a través de su obra, dando lugar a algunas de las “pesadillas de lo posible” más pavorosas y seductoras que se han creado. Historias que trascienden el presuntamente reducido marco de lo que se viene a llamar “ciencia ficción” y que se alojan en el único universal posible: el miedo. Porque todos tenemos miedos. Y cuando analizamos todos y cada uno de estos miedos, llegamos a la conclusión de que en su raíz estamos nosotros mismos.
El miedo a uno mismo y al semejante. Porque, insistiendo en la misma idea con la que comenzaba este post, es en nosotros donde nace la realidad y es en nosotros donde se rompen las condiciones de habitabilidad del mundo que nos rodea. Y Ballard nos ha hecho ver, dentro de todas las posibles rupturas, la peor de todas: la degeneración paulatina, mostrada magistralmente a través de la evolución psicológica de sus escenarios y de sus personajes, tanto individuales (Crash) como colectivos (Rascacielos), bañándonos de desconcierto en piscinas vacías (Hola América), tiñéndonos de líquenes en planes de vuelo imposibles (Compañía de sueños ilimitada), llenándonos los bolsillos de drogas inútiles y sexo desviado (SuperCannes), haciéndonos huir por carreteras híper transitadas de donde nadie nos recoge (La isla de cemento)…
Si otros autores han sabido sacarle partido al vacío, la soledad, el silencio… la poética de Ballard se nutre de masificación, de tráfico en hora punta, de cercanía a elementos y personas que resultan no ser como habíamos creído. Porque no somos, ninguno, y en definitiva, como los demás creen que somos. Ni siquiera como nosotros creemos que somos. Dicho así suena a topicazo, pero se necesita una mirada distinta, privilegiada (o desviada, o pervertida) para apreciarlo con determinado punto macabro.
Es el retrato gótico del “cada día”, donde se han hecho románticos los coches accidentados y las gafas de sol rotas, los carros de la compra oxidados y todas las máquinas de volar que el hombre ha inventado y está aún por inventar.
Ballard nos ha dado todo esto: nos ha dado a nosotros mismos. Y ahora espera a que se le termine de comer el cáncer, quizá triste por no poder escribir más cuentos… O quizá tranquilo por abandonar este parque de infecciones y reunirse con Mary y su bondad de mujer, para sobrevolarnos por siempre a los mandos de un Cessna que ya jamás se estrellará en ninguna parte.
Goo Goo Dolls - We are the normal












