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Salvo en la tienda de chuches del sitio donde para el autobús que va y viene de mi pueblo. Siempre que viajo allí me compro una de esas chocolatinas de mi infancia como homenaje a todo lo que no vuelve, pero permanece tercamente en el recuerdo.

Así ha sido con todo, y ahora también lo será con las Jornadas de Poesía Última de la Fundación Rafael Alberti. El Puerto de Santa María seguirá en las mismas coordenadas del mapa, pero ya no será lo mismo. Han sido diez años (para mí, en realidad, sólo ocho, que no son pocos) en los que acudir una y otra vez a la cita ineludible, en una suerte de peregrinaje devoto, no tanto ante la memoria de Rafael Alberti, como ante todos los congregados en cada una de las ediciones.

Prácticamente una década de amigos, borracheras, conversaciones surrealistas y magia de esa que hace que las personas conecten entre sí y se conozcan como si hubieran hablado entre ellas durante meses, sin parar. Una década de cuerpos, de sabores, de palabras. Una década que basta y sobra para exhibir una buena muestra de la cursilería más descarada en este post, para instigar otra de esas cansinas reflexiones sobre lo que desaparece como las lágrimas en la lluvia de un Replicante cualquiera delante de un cuaderno o de un teclado qwerty.

Nos hemos hecho mayores. Unos más calvos, otros más valientes, la mayoría más gordos. Y en el balance final, poesía para todos y frases a gritos para quien quiera escuchar, además de algún que otro libro publicado o por publicar (y esto, como todo, ya es otra historia). En fin, detritus de sentimentalidad reprocesada con la más firme de las voluntades artísticas… Y compartida, que era lo importante.

Todo tan distinto. Ninguno de nosotros era de allí. Y sin embargo era como el hogar.

The enemy - This Song

Posdata: este no es un post para que me digáis dónde puedo encontrar la chocolatina.