El otro día, enredando por nuestra biblioteca de iTunes en casa (esa que tengo hecha unos zorros, cosa que saca de quicio a Toño, y con razón), me encontré de bruces con una canción que hacía siglos que no escuchaba, y de la que me había olvidado por completo. Fue un auténtico momento “magdalena de Proust”, o quizá fue más bien como encontrarse con un viejo conocido con el que llevabas cantidad de tiempo sin hablar pero que te caía muy bien. Y se me clavó una astilla de tiempo en el pie derecho… un pedazo de 1998, posiblemente el único año de toda mi vida por el que siento verdadera nostalgia… La adolescencia fue como la de todos, o yo qué sé, pero tuvimos una postadolescencia bastante maja, ¿verdad?
Entre tantas otras cosas, era la época en la que no necesitaba mirar el All Music Guide para acordarme con absoluta precisión del año de publicación de una canción, de su orden de salida como single en el álbum al que perteneciera, de su intérprete, compositor y hasta de los productores, antes de que mi base de datos mental sobre pop y rock de las últimas tres décadas saltara por los aires.
Aunque bueno, aún conservo algunos vestigios… Momentos de iluminación que experimento sin venir a cuento cuando menos lo necesito. Y cuando menos pertinente es, como la mayoría de mis “salidas” extrañas.
Es lo que tiene almacenar en esta cabecita ingentes cantidades de información inútil.
Jo.









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