Esta mañana estaba yo tal que así, como con la cabeza echada hacia un lado, frente al ordenador, pensando en las ojeras moradas que el espejo del cuarto de baño me regalaba a modo de buenos días según empezaba la jornada, cuando tuve una de estas revelaciones que sólo le sobrevienen a uno en los momentos de mayor trance y somnolencia (lo cual dice muy poco a favor de casi cualquier revelación, y aún menos a favor de todo místico), de las que te hacen vislumbrar la verdad primigenia que subyace a todo, de las que te conducen tras el aroma del Absoluto, de las que ponen en tus manos las claves del sentido de la vida…

Y de repente se ha ido la luz, dejándome frente a mi propio yo sobre un monitor en negro.

Y he maldecido al demonio de los archivos no guardados, y después a aquel otro tan gracioso que te recupera el documento que no es.

Y se me ha olvidado lo que quiera que estuviera “viendo” exactamente.

Y me he quedado igual de así, con la cabeza echada hacia un lado, apoyada en la mano.

Y me he echado una cortina de pelo delante de los ojos y me he rendido a la Nada.

Y me he levantado a por un café… Como se puede suponer, el fallo eléctrico también había afectado a la cafetera.