Tanto es lo que nos ha llegado y nos sigue llegando de la cultura norteamericana a través de las producciones audiovisuales, libros (muchos best sellers y algunos clásicos del s. XX), que podemos pensar que conocemos, siquiera en parte, a esa sociedad. Una y mil veces nos han hecho concebirla como la de la tierra de las oportunidades, según el criterio de la igualdad de posibilidades de individuos que pueden llegar a lo más alto por sus propias aptitudes (self made man).

Sin embargo, en las series no vemos que se trata de la sociedad industrial que mayores desigualdades padece en su sistema de estratificación. Será, tal vez, conforme a lo que reza aquella célebre cita de George Orwell: todos somos iguales, pero unos más que otros. Las diferencias de posición desde el momento del nacimiento, tales como pertenecer a una familia mono o biparental, el acceso a la educación superior, o la pertenencia a instituciones sociales preestablecidas y asociadas a ciertos estatus sociales, no sólo condicionan, sino que pueden llegar a condicionar el futuro de las personas marcando diferencias que desde nuestra vieja Europa siquiera podemos concebir. Diferencias que, además, van en aumento.

En las series no se ve que la baja remunerada por maternidad no existe, y que si acaso un empresario puede, a lo más, ser obligado a readmitir a una mujer en su puesto de trabajo tras el parto. Ni se ve tampoco que no hay un sistema sanitario público que garantice la asistencia a todos los ciudadanos en cualquier circunstancia o trance, lo cual redunda en la deficitaria salud de las cada vez mayores bolsas de pobreza (donde, además, apenas llega la información sobre los hábitos saludables, y si llega apenas afecta por la carestía de medos para ponerlos en práctica).

En las series no se ve que, después de la crisis de los 80, desaparecieron miles de empleos, para que las estadísticas regresaran al pleno empleo en los 90 con un regusto bastante diferente en el panorama: un aumento de los trabajos de baja cualificación e ingresos y un aumento de los puestos de alta remuneración (con un aumento, a su vez, del salario percibido en los mismos), frente a una disminución más que significativa de los empleos de la mitad del espectro, de lo cual resulta una paulatina desaparición de las clases medias, tradicional colchón social y económico (por su capacidad sostenida de consumo y su papel en la transmisión de valores, entre otras cosas) del estado de bienestar. Así, el empecinamiento de EE.UU. por liderar el sistema productivo mundial en la última década y media se ha saldado con un balance entre costes y beneficios positivo, a expensas de las familias menos favorecidas. Tampoco se ve que, si bien las diferencias de género en terreno laboral disminuyen, no se deben a que aumenten los salarios de las mujeres, sino a que disminuyen los salarios de los hombres.

En las series no se ve que en el 80% de las familias pobres, el cabeza de familia trabaja 40 horas semanales o más, y que a pesar de ello es incapaz de arrancar a los suyos de la miseria. Ni que las familias de minorías étnicas que logran prosperar se marchan del barrio, con lo que dejan sin modelos de roles positivos a los jóvenes de sus calles, propiciando su condena en un futuro.

En las series no se ve que en Estados Unidos, merced de ese espíritu de valores individualistas que propugnan las ya mencionadas oportunidades para todos, los trabajadores no tienen apenas sindicatos ni costumbre alguna de colaborar para conseguir beneficios para todos. Ni se ve tampoco que la mayoría pobre no participa políticamente, entre otras cosas porque las elecciones se celebran los martes y a muchos de ellos no se les permite faltar al trabajo para ejercer su democrático derecho al voto, cosa que aleja la posibilidad de mejoras políticas y económicas.

Y, en fin, en las manifestaciones audiovisuales del resto del mundo tampoco se ve que los demás países industrializados miran el modelo estadounidense con aire entre temeroso y golosón, pensando si será necesario/apetecible recaer en medidas parecidas para alcanzar al todavía gigante… Que sin embargo, por todo esto no presenta sino pies de barro, ¿no creéis?

¿No os parece que un sistema así lleva escrita en la frente su propia condena? Al menos eso es lo que opinan los analistas sociales que abogan por modelos donde los trabajadores experimenten mayr prosperidad. Empleados mejor remunerados, más organizados y protegidos por leyes estatales, y con mayor participación en las decisiones de las empresas, con lo cual los trabajadores suelen ser más fieles a las mismas, más ilusionados con lo que hacen cada día… Y más esforzados y eficaces en el desempeño de sus tareas.

Claro, que como ocurriera con el VHS vs. Betacam, o con la PlayStation1 vs. Sega Saturn… siempre puede triunfar el peor modelo.

En fin. Seguiría disertado pero Toño me llama para cenar. Agradecedle a él que esto acabe aquí.