Un día llega alguien que te invita a participar en determinado acto o antología, y tú sonríes mostrando tu satisfacción, asientes y te congratulas internamente hasta que… ‘y me escribes unas líneas de poética’.

Una poética es una definición, a cargo de uno mismo, de lo que uno piensa que es la poesía y, aún peor: de lo que piensa que es SU poesía. Horror. Un donut hablando de su agujero.

¿Qué hay alrededor del asunto que le empuja a uno a precipitarse palabras abajo hacia el absurdo más completo de cualquier ficción o expresión de la sentimentalidad (que no es sino, siempre, otra ficción más, posiblemente la más infame de todas)?

El resultado viene a ser un texto miserable en el que uno/a destripa su propia obra, con las loas o los improperios que estima oportunos, antes de que el respetable pueda siquiera olerla. Desde lejos se percibe el tufo de un escrito que apesta proporcionalmente a la cantidad de veces que se haya utilizado en él la primera persona del singular. O peor: el plural mayestático.

Atiendan al peligro antes de aproximarse, amigos: hay quien disfruta perpetrando poéticas. Estos son, sin duda, los peores.

Al fin y al cabo, qué de bueno se puede esperar del triste de la clase al que nadie hacía caso*, de ese que empezó a escribir de puro aislamiento, cuando se le da por entero el uso legítimo de la palabra para hablar de sí mismo.

Hay poéticas cortas, largas, analíticas, locuelas, ñoñas, universalistas, esencialistas, metafóricas… Y todas ellas tienen en común que le suelen arrancar de cuajo a uno las posibles ganas que pudiera tener de profundizar en la obra de su autor. O, en el caso contrario, que se da muy extrañamente, que el impacto en el oyente/lector sea positivo, y con posterioridad derive hacia la más honda decepción.

Ante este tipo de compromisos, recomendaría disertar sobre cualquier otra cosa que no fuera lo propuesto. Al final, el público lo agradece. Lo sé por propia experiencia.


*Ay, María Eloy, cuánto te debo…