Aurora Pintado

random shopper

En moderneces y mass media, nihil el noviembre 26, 2012 a las 4:52 pm

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leo en PSFK que un señor llamado Darius Kazemi ha creado un bot (un pequeño programita diseñado para ejecutar una acción sencilla) programado con los gustos del usuario para comprar en su nombre en Amazon.

el bot examina tus preferencias, busca en Amazon y te compra un producto “sorpresa” que a continuación te envía, un producto del que nada sabes hasta que llega a tu casa. como un regalo que te hicieras tú a ti mismo. y para mayor tranquilidad, trabaja siempre con un presupuesto limitado que previamente estableces tú. solo faltaría que un pequeño montoncillo de algoritmos se fuera por ahí de compras a lo loco con tu tarjeta, como una mujerzuela.

al parecer, posee un índice de acierto bastante elevado. no obstante, no se me ocurre una forma más tecnológicamente fría y consumista de mostrarte a ti mismo que estás solo. aunque estoy dividida, porque también me hace pensar en una forma nueva de mantener un diálogo contigo mismo a través de objetos (las compras) en los que probar a reconocerte, casi al azar, aunque la programación supuestamente al azar le deja muy poco.

lo que sí es seguro es que el diálogo solo podrá ser con el objeto (un monólogo, o un diálogo contigo mismo, a lo sumo), porque el remitente no admite más preguntas ni consideraciones que las modificaciones que podamos hacer en sus parámetros.

ni un gracias.

un recital para empezar el curso

En lecturas el septiembre 10, 2012 a las 7:20 pm

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poética

Hay un cerdo vestido de Gucci gritando y dando patadas, y una recomendación expresa de tratar bien a los animales que pasa por no verter agua hirviendo sobre las hormigas y no meter arañas en los agujeros de los enchufes.

Hay carreteras con nieve y amigos en el asiento de atrás del coche, fotos de grupo con gafas de sol y abrigos de botones cruzados, en mitad del campo, como si nos hubieran recortado de cualquier calle gris de cualquier ciudad industrial y nos hubieran pegado allí, y hubiéramos conseguido engrisecerlo todo a nuestro paso con nuestra sola presencia -horas antes el centro comercial parecía una feria abandonada con prisas por aviso de bomba atómica-.

Hay muchos recuerdos y muchas conversaciones nuevas y antiguas sobre aquello que es o que no es lo “realmente auténtico”, como si de tanto hablarlo se materializara, como si tal “aquello” fuera a aparecer de repente en coordenadas concretas de los ejes espacio-tiempo. Con nombrar basta, con nombrar basta, con nombrar basta.

Hay una ironía que se sostiene sobre la certeza de que el ser en el mundo está rodeado de cosas por las cuales su alma es constantemente sustraída, desde un champú a una escultura de Rodin.

Hay ruidos. Hay muchos ruidos. Dentro. Se vierten dentro de las palabras y las palabras se encadenan y bailan.

Y quizá la poesía no sea más que una maldita variante del pensamiento mágico que parte de la idiotez de que las cosas se curan al escribirlas, como si el salirse de la vida para mirar desde fuera ayudara a vivir mejor…

Siquiera a vivir.

la muerte de los Estados

En miserias humanas el septiembre 2, 2012 a las 10:03 pm

 

Asistimos impotentes a un momento crucial, uno de esos momentos en los que la historia realiza un triple salto mortal sobre sí misma del que sale apuntando a una nueva dirección antes desconocida, como ocurriera con la Revolución Industrial, que modificaría la idea de progreso y el progreso mismo, o con el descubrimiento del Nuevo Mundo, que cambiaría la visión que el mundo tenía de sí mismo. Un momento de mutación, tras el cual nada volverá a ser lo mismo.

Y, en este caso, ¿qué es lo que está sucediendo? ¿De qué va esta nueva mutación? Va de la muerte de los Estados, tal y como los hemos conocido a raíz de las revoluciones románticas del XIX, como episodio culminante del proceso iniciado con el abandono del Antiguo Régimen, tan “oscuro” y descentralizado. Los estados centrales y soberanos se mueren. Desactivados por organizaciones supranacionales cuyos intereses son tan diferentes a los de las naciones y los pueblos, que solo dejan a los jefes de Estado un único y triste discurso como coartada ante todo lo que arrebatan a sus ciudadanos: “no hay más remedio”, “no hay otra alternativa”, mientras ceden parcelas de sus presupuestos y de su soberanía a anónimos acreedores, en cuyo nombre cambian las leyes fundamentales de sus respectivas naciones. Así, en su día Alemania. Así, hoy España.

Y, mientras, los ciudadanos, sin la protección de la fortaleza que un día concedimos a los Estados mediante un contrato donde cedíamos la iniciativa y el uso legítimo de la fuerza en nombre de un bien común, quedamos desarmados a merced de poderosas corporaciones para las que no significamos nada, cuya idea más cercana a la democracia es la noción de voto–moneda, que nos permite participar del estado de cosas (voto) en tanto en cuanto podamos gastar (moneda). Entidades impersonales para las que somos personas en tanto consumidores, diseñadas para ingresar de nosotros cuanto puedan, mientras que nos penalizan por tener necesidades que incurran en gastos para ellas, como ocurre con la debilidad en cualquiera de sus formas (como la enfermedad o la necesidad de asistencia). Monstruos alimentados por ideólogos políticos que viven una peligrosa ficción: la de ejercer un supuesto poder alcanzado en las urnas para realizar reformas que, irónicamente, cada vez les dejan menos reductos de poder.

Los Estados están muriendo. Se están destruyendo a sí mismos.

 

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